Primero quiero aclarar algo.

No escribo esto para generar polémica, ni para descalificar a todas las editoriales. Si alguien decide publicar su obra a través de una editorial tradicional o digital, me parece una decisión completamente válida. Esta historia no es una denuncia ni una advertencia universal. Es simplemente mi experiencia.

Empecé a publicar cuando tenía 18 años. En ese momento intentaba dar un giro a mi carrera como escritor. Había comenzado escribiendo fanfics, y aunque esa etapa me enseñó mucho, también sentía la necesidad de construir una identidad más propia como autor.

Fue entonces cuando apareció la oportunidad de acercarme a una editorial digital llamada Norami. La conocí por la recomendación clásica del “amigo de un amigo”. En ese momento estaban organizando un concurso cuyo premio era un contrato editorial.

No gané el concurso, y sinceramente eso nunca fue un problema. Lo interesante vino después.

Aun sin haber ganado, me quedé dentro de la comunidad de la editorial. Fue ahí donde conocí a varios escritores con los que sigo teniendo buena relación hasta hoy. Entre ellos estaba Tulio Ramírez, a quien considero una gran persona y un colega al que respeto mucho.

Pero esta historia no trata sobre él.

El experimento editorial

El modelo de Norami era bastante ambicioso. Su idea era replicar en Latinoamérica el sistema de publicación de las llamadas novelas ligeras japonesas.

Las novelas ligeras son un formato muy popular en Japón: libros relativamente cortos, generalmente publicados en series, con ilustraciones de estilo manga y un ritmo de publicación bastante rápido. Muchos de estos títulos incluso terminan adaptándose a manga o anime cuando tienen éxito.

Norami quería trasladar ese modelo a nuestro contexto. Para hacerlo, creó una estructura con dos grupos de autores.

Por un lado estaban los autores profesionales, quienes tenían contrato editorial y cuyas obras se vendían directamente en la tienda de la plataforma.

Por otro lado estábamos los amateurs. Es decir, escritores que todavía no tenían contrato pero que participaban activamente en la comunidad con la esperanza de algún día publicar formalmente.

La diferencia entre ambos grupos era bastante clara.

Con el tiempo la editorial lanzó su página web, que funcionaba tanto como tienda digital como plataforma de lectura. Las obras de los autores profesionales ocupaban el espacio principal. El apartado de los amateurs existía, pero estaba relegado a una sección secundaria que funcionaba de forma muy similar a un sitio de publicación abierta.

En teoría era una oportunidad para que nuevos autores se dieran a conocer. En la práctica, muchos dentro de la comunidad empezaron a sentir que era más bien un espacio marginal dentro de la plataforma.

Cuando pasé al otro lado del mostrador

Con el tiempo me volví bastante activo dentro de la comunidad. Participaba mucho en los debates, comentaba textos y, para bien o para mal, nunca fui particularmente silencioso cuando veía algo que no me parecía correcto.

Eso llamó la atención de la dirección de la editorial.

En algún momento el CEO decidió contactarme con una propuesta sencilla: integrarme al equipo y trabajar desde dentro de la comunidad amateur. La idea era que yo pudiera ayudar a organizar actividades y canalizar mejor el diálogo entre la editorial y los escritores emergentes.

Mi cargo tenía un nombre curioso: “embajador amateur”.

En términos reales, el trabajo era bastante parecido al de un gestor de comunidad. Organizaba pequeños concursos, moderaba discusiones y ayudaba a mantener activa la participación de los autores que todavía no tenían contrato.

En ese momento yo lo veía como una oportunidad increíble. Tenía 18 años, estaba involucrado en un proyecto editorial y sentía que realmente podía ayudar a mejorar las cosas.

Con el tiempo entendí que la situación era bastante más complicada.

Un sistema que empezó a saturarse

Mientras la comunidad amateur crecía, la editorial también comenzó a firmar cada vez más autores profesionales.

El problema fue que ese crecimiento no siempre vino acompañado de una estructura que pudiera sostenerlo.

Se acumulaban obras pendientes de publicación, los autores firmados empezaban a experimentar retrasos en sus proyectos y la carga de trabajo aumentaba sin que la editorial pareciera tener la capacidad de gestionarla adecuadamente. Al mismo tiempo, la promoción de los títulos era prácticamente inexistente y los ingresos no parecían corresponder al volumen de proyectos que se anunciaban.

La frustración empezó a crecer en todos los niveles.

Los autores profesionales se sentían estancados, los amateurs veían cada vez más lejos la posibilidad de publicar y la comunidad en general comenzaba a cuestionar el rumbo del proyecto.

En medio de todo eso, yo era uno de los rostros visibles de la comunidad.

No era el responsable de las decisiones editoriales, pero sí era quien interactuaba diariamente con los usuarios. Eso significaba que muchas de las críticas terminaban dirigidas hacia mí.

Fue una experiencia difícil, pero también extremadamente formativa.

El final de Norami

Eventualmente la situación llegó a un punto insostenible.

La editorial terminó cerrando operaciones después de un periodo en el que ya no podía cumplir con sus propios proyectos ni con las expectativas que había generado dentro de la comunidad.

Sin embargo, algo curioso ocurrió después.

Durante un tiempo, incluso tras el anuncio del cierre, la página web siguió activa y algunos títulos continuaron apareciendo en la tienda digital. Fue una situación extraña que dejó a muchos autores con más preguntas que respuestas.

Lo que aprendí de todo eso

Con los años he pensado mucho en esa etapa.

En aquel momento era fácil reaccionar con enojo o frustración. Hoy intento verlo con más perspectiva.

Norami fue, en muchos sentidos, un experimento editorial ambicioso que intentó adaptar un modelo extranjero a un mercado que todavía no estaba preparado para sostenerlo. La idea no era necesariamente mala, pero la ejecución tuvo problemas importantes.

También aprendí algo sobre la industria editorial en general.

Las editoriales no son enemigos de los escritores, pero tampoco son necesariamente la solución mágica que muchos imaginan cuando empiezan a escribir. Son empresas con sus propias limitaciones, decisiones internas y, a veces, errores de gestión.

Por eso hoy trato de mirar el mundo editorial con una mezcla de interés y cautela.

No todas las experiencias serán como la mía. Pero la mía me enseñó que, antes de confiar plenamente en cualquier proyecto editorial, vale la pena observar con atención cómo funciona realmente por dentro.

En otro artículo de este blog hablare sobre las ventajas de leer autores autopublicados. De alguna forma, esa reflexión también nació de esta historia.

Porque al final, más allá de editoriales, plataformas o modelos de negocio, lo que realmente importa sigue siendo lo mismo:

Las historias.

Y las personas que se atreven a escribirlas.