No tengo nada porque vivir.

Tengo diez libros para viajar,

ciudades de tinta, refugios prestados,

el mundo doblado en páginas

que no me piden quedarme.


No tengo nada porque vivir.

Viajo con el recuerdo de tu dulce voz,

un hilo invisible que me guía

por estaciones vacías,

por días que no saben pronunciar mi nombre.


No tengo nada porque vivir.

Me he perdido buscando tu recuerdo,

confundí el amor con la distancia,

la memoria con el regreso,

y ahora camino círculos

donde siempre termino en ti.


No tengo nada porque vivir.

En la ciudad del sueño escucho tu voz,

allí donde el cansancio se vuelve hogar,

donde el silencio aprende a cantar.

No me salvas, no prometes nada,

pero tu voz basta

para seguir viajando.