Cuando comencé a escribir Inferno: La Guerra de las Creencias, tenía una idea muy clara en mente: quería que la novela respirara diferentes atmósferas aunque todo ocurriera prácticamente en los mismos espacios. Quería que cada arco transmitiera sensaciones únicas, cambios emocionales y tensiones específicas sin mover el escenario.
Pero había un detalle importante: la mayor parte de la historia sucede de noche. No en una misma noche, claro, pero sí en esas horas en que la ciudad está suspendida entre el sueño y la vigilia.
No lo hice por la típica asociación entre oscuridad y demonios, sino porque la noche es un escenario maleable: puede ser introspectiva, silenciosa y casi meditativa… o convertirse en un territorio donde el peligro se arrastra sin anunciarse. En esa dualidad fue donde encontré el terreno perfecto para moldear los ambientes de la novela.
A continuación les cuento cómo cada arco consiguió su propio tono, ritmo y textura.
La Bestia Blinda
Este arco abarca desde el prólogo hasta el capítulo 3. Es breve, pero su intensidad marca el ritmo de la novela.
Todo ocurre en una sola noche en San Francisco, una noche que se siente viva, filosa y acechante. No se trata solo de la presencia de la Bestia Blinda:
Es también la inexperiencia y el miedo de los Raiders, obligados a enfrentarse a su primera misión sin preparación, sin aviso y sin la más mínima comprensión de lo que les esperaba.
En este arco el ambiente está dominado por la urgencia. Todo ocurre rápido, sin respiro, porque narrativamente necesitaba que el lector sintiera lo mismo que los personajes:
esa mezcla de adrenalina, desconcierto y vulnerabilidad.
Es un inicio que golpea…, que advierte que pensaba suavizar nada.
La Exorcista de la Muerte
Algunas veces me refiero a este arco como “Niña convertida en bestia – Parte 1”, pero para evitar confusiones aquí lo llamaremos simplemente “La Exorcista de la Muerte”.
Seguimos en San Francisco, pero esta vez la atmósfera cambia por completo: es el arco más relajado del libro, al menos al principio.
El tono es juvenil, dinámico, incluso divertido, porque los Raiders en esta parte son jóvenes que disfrutan de pasarla bien, son arrogantes y con exceso de confianza.
Pero poco a poco, esa ligereza empieza a agrietarse conforme descubren que Natalie y los Exorcistas no son algo que pueda tomarse a la ligera.
La escalada desde lo cotidiano hasta lo ominoso es uno de mis elementos favoritos de este arco.
Aquí Valentina tuvo la oportunidad de brillar. En un entorno menos denso, ella pudo desarrollarse más allá de ser un personaje de apoyo; se convirtió en un puente emocional entre Rita, el lector y los acontecimientos que vienen después.
El Laberinto de las Mentiras
No les miento: esta segunda parte del arco anterior —también conocido como “El Laberinto de las Mentiras”— casi queda fuera de la novela.
Durante el proceso de revisión me pregunté si realmente debía permanecer, pero al releer lo que ya tenía escrito, comprendí lo que quería lograr.
El reto principal fue introducir a Loki en una trama pensada para girar principalmente alrededor de Justice y Rita.
¿La solución? Reestructurar el ambiente para que el arco se volviera más oscuro, más psicológico y más humano.
El tono de este arco está profundamente inspirado en Lovecraft y Stephen King: sombras que no solo ocultan peligros físicos, sino heridas internas, traumas y verdades que nadie quiere enfrentar.
Es una noche que no amenaza desde afuera… sino desde dentro.
Aquí los personajes —y especialmente Justice— comprenden que sus actos tienen consecuencias reales.
Se aferran a una fe ciega, no porque confíen en ella, sino porque en la oscuridad más profunda es lo único que parece mantenerlos cuerdos.
¿Saben? Construir distintos ambientes dentro del mismo espacio fue un desafío narrativo que disfruté enormemente.
En Inferno: La Guerra de las Creencias, la noche no es solo un telón: es un espejo que amplifica la emoción de cada arco:
La ferocidad de la Bestia Blinda, la falsa tranquilidad de La Exorcista de la Muerte y la oscuridad psicológica del Laberinto de las Mentiras funcionan porque los personajes cambian, evolucionan o se quiebran, y el ambiente cambia con ellos.
Esa es la magia que buscaba:
que cada parte de la historia se sintiera distinta sin dejar de pertenecer al mismo mundo.
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