Frankenstein o el moderno Prometeo, el clásico inmortal de Mary Shelley, ha tenido incontables adaptaciones a la pantalla grande. Sin embargo, esta nueva reinterpretación del director mexicano Guillermo del Toro representa el regreso más reciente —y tal vez el más ambicioso— del mito a la gran pantalla... o mejor dicho, al streaming.
Y como la historia original ya es más que conocida, no haré una sinopsis general. Prefiero entrar directo a lo que realmente importa: su propuesta visual y técnica.
Fotografía y efectos
La fotografía de esta película es de esas que ya casi no se ven en 2025. En una época dominada por el CGI, esta producción se siente como una especie en peligro de extinción.
Si has seguido la trayectoria de Del Toro, sabrás que el director se mantiene fiel a la vieja escuela, apostando por los efectos prácticos, el diseño artesanal y la atmósfera tangible.
Y eso se nota.
Cada plano, cada textura, cada toma transmite cariño y dedicación. Los escenarios fueron construidos, no generados; los ambientes respiran, no brillan artificialmente. Hay un alma en la forma en que la cámara se mueve y en cómo la luz se posa sobre los objetos, casi como si cada fotograma fuera un cuadro pintado a mano, lo que refuerza la sensación de autenticidad que tanto caracteriza al cine de Del Toro.
Si tuviera que ponerle una pega a este apartado, sería en el diseño del monstruo. No me malinterpreten: el maquillaje es glorioso, y Jacob Elordi merece un aplauso por soportar semejante tortura física y emocional para el papel.
Sin embargo, siento que la criatura pudo haber sido más oscura y menos estética.
Del Toro nos presenta un monstruo casi hermoso, con facciones angelicales, sin suturas visibles y una elegancia que roza lo poético. Es una reinterpretación visualmente impecable, sí, pero que a mi gusto rompe un poco con la crudeza del contexto histórico.
En pleno siglo XIX, cuando la medicina era rudimentaria y la muerte se olía en cada quirófano, cuesta imaginar a una criatura tan pulida.
No es un error grave, pero sí una elección estética que aleja ligeramente al monstruo del horror y lo acerca más a la melancolía romántica. Algo muy Del Toro, por cierto, aunque no necesariamente lo que uno espera de Frankenstein.
Personajes
Antes de que me crucifiquen, voy a aclarar algo: sí, me encantó el elenco. Amé a los actores, y cada uno interpreta con brillantez su respectivo papel. Dicho eso, no todos me convencieron en lo personal.
Empecemos por el propio Víctor Frankenstein.
Oscar Isaac lo interpreta con maestría —como era de esperarse—, pero aun así no encaja del todo con la versión del personaje que yo esperaba, sobre todo habiendo leído el material original.
El Víctor literario es elegante, pulcro, poético incluso.
En cambio, el Frankenstein de Del Toro es más oscuro, gótico, marcado por una tragedia que nace de una infancia difícil y de un padre emocionalmente ausente (algo que, por cierto, no ocurre en la novela).
No digo que esté mal, al contrario: Isaac lo hace impecable. Pero esta versión no me suena a un Frankenstein “dirigido por Del Toro”. Más bien parece un personaje salido de una película de Tim Burton: melancólico, sombrío y visualmente impecable, pero con un tipo de oscuridad más estética que emocional.
Ahora hablemos de Elizabeth, otro personaje que se distancia bastante de su contraparte literaria.
En la novela, Elizabeth es una mujer dulce, bondadosa, casi angelical. Está llena de compasión y amor, especialmente hacia Víctor.
Y ojo, entiendo que ese último punto cambie en esta versión —tiene sentido, considerando que aquí el doctor roza el villanismo—. Esa tensión me gusta; aporta coherencia y fuerza dramática.
Pero lo que no me agrada es lo sobrante.
Sí, sigue siendo dulce y llena de bondad… entonces ¿cuál es el problema?
Lo pondré simple: es ridículamente castrante.
Lo digo en serio, hermanos: intenta ser ese tipo de personaje “cinnamon roll” que tanto me gusta, pero se queda estancada.
Elizabeth parece estar ahí solo para cumplir dos funciones:
1. Servir de complemento emocional al monstruo.
2. Contraponerse moralmente a Frankenstein.
Y nada más.
El problema es que su personalidad exagera todas las virtudes de la versión original hasta el punto de volverlas irritantes. La dulzura se vuelve condescendencia, la bondad se siente forzada, y el resultado es un personaje que pierde fuerza cada vez que aparece en pantalla.
Eso sí: Mia Goth luce preciosa en el papel, y su presencia visual encaja perfectamente con el tono gótico de la película. Si tan solo el guion le hubiera permitido tener más matices, estaríamos hablando de una de las mejores Elizabeth de todas las adaptaciones.
Opinión
Siendo tajante —y un poco seco— con ustedes, diré lo siguiente:
si esperas algo fiel al libro, no lo vas a tener.
Y si esperas algo cercano al clásico de los años 30, ese que convirtió al monstruo en un ícono del cine, tampoco lo vas a encontrar aquí.
El maestro Guillermo del Toro toma entre poco y nada del material original, y por eso desde el inicio decidí llamarla una reinterpretación, no una adaptación.
Ahora bien, eso no significa que no pueda convertirse en una de tus películas favoritas del 2025. En mi caso, lo hizo.
No me sorprendería en absoluto que esta cinta tenga un reestreno en cines y consiga una o varias nominaciones a la codiciada estatuilla que Del Toro ya ha levantado antes con tanto mérito.
Sin embargo —como ya lo notaste a lo largo de esta reseña—, no es perfecta. Hay aspectos que pudieron recortarse para dar espacio a otros más valiosos del material original. Por ejemplo, los años de estudiante de Víctor, junto a los profesores Krempe y Waldman, quienes fueron pilares en su formación científica y moral.
Detalles así habrían enriquecido la narrativa y el trasfondo del personaje, sin contradecir la visión romántica y gótica que caracteriza a Del Toro.
Aun con eso, lo diré sin rodeos:
mi calificación para esta película es un 8… un 8.7.
Sí, creo que es lo más justo para esta ocasión.
Pero como siempre, mi palabra no es ley.
Ahora los leo a ustedes: ¿qué opinan? ¿Les fascinó, los decepcionó o simplemente los dejó pensando?
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