Hoy es uno de esos días en los que agarro la PC y decido escribir. No fantasía, no ciencia ficción. Hoy quiero escribir desde el corazón; escribir para, por un momento, dejar de pensar.
¿De qué puedo hablar? Hablaré de caminar. Esa acción tan simple, tan cotidiana para ti, y tan ajena para mí. No, no pretendo hacer que valores lo que tienes: no soy ese tipo de escritor, o al menos no suelo serlo. Solo quiero que imagines conmigo.
Siempre me ha fascinado crear mundos inmersivos, y no hablo solo de batallas épicas o ciudades futuristas. Hablo de sumergirte… de sumergirme. Porque cuando vives atado a un espacio y privado de algo tan sencillo como caminar, lo único que queda es imaginar. Podría preguntarte si has estado en mi lugar, pero solo quienes carecen de lo mismo que yo podrían responder.
Por eso escribo. Por eso busco ser tan sensorial, tan envolvente. Es una necesidad egoísta: dentro de mis historias puedo ser aquello que siempre quise ser. Un corredor incansable. Un cazador urbano moviéndose entre luces y rascacielos. Un conductor nocturno que deja que la conciencia se disuelva al ritmo del motor, mientras el vapor de una taza de café empaña el cristal y, por fin, me siento libre.
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