Otro hermoso día siendo las repudiadas del sistema. La alarma de mi implante auditivo zumba con un tono bajo, vibrando detrás del oído. Me levanto de la cama metálica donde paso las noches: una plancha vieja cubierta con mantas sucias, revistas rotas y algún paquete vacío de hedonine que usé para no pensar. El aire de la fábrica abandonada huele a óxido y a grasa quemada; cada respiración es un recordatorio de que seguimos vivas, aunque el mundo preferiría lo contrario. Camino hacia la planta baja. Entre los restos de una línea de ensamblaje corroída, Haru duerme en su cápsula improvisada, abrazada a un peluche con un ojo de neón parpadeante. 

—Cariño, es hora de buscar el desayuno. Abre los ojos con pereza.

Su cabello color ciruela brilla bajo la luz azulada que entra por los ventanales rotos. Me dedica su clásico “buenos días, Ranko” mientras hace el signo de peace and love con los dedos. Esa niña torpe, con su mirada aún limpia, es mi única razón para seguir respirando. Desde que nuestros padres nos vendieron al mejor postor, no hay noche que no recuerde sus rostros. No los odio por lo que me hicieron —me rompieron y me usaron como un juguete de carne—, pero sí los odio por lo que casi le hicieron a ella. Juro que si algún día los vuelvo a ver, disfrutaré cada segundo de su dolor. 

—Prometiste que comeríamos bolas de mermelada hoy —dice mientras se despereza. 

—Claro, mi cielo. Podemos comer lo que quieras. 

La cargo un instante, solo para hacerla reír. Ya tiene quince, pero aún la trato como si fuera una niña. Es mi forma de mantenerla a salvo. Nos preparamos rápido. Ella se pone su chaqueta con parches luminosos y yo ajusto la pistola de pulsos que guardo bajo el abrigo. Salimos sin hacer ruido, cruzando el laberinto de callejones oxidados de los barrios bajos de T28 Nova. Una lluvia ácida ligera cae desde los niveles superiores, dejando marcas sobre los paneles metálicos del suelo. Los anuncios holográficos titilan en los muros agrietados: “Consume. Sonríe. Olvida.” Nuestro refugio solía ser una fábrica de zapatos. Ahora solo fabrica silencio y polvo. 

—Bien, linda… ¿Cuál es el plan? —le pregunto, observando la panadería del frente. 

Cada mañana dejan enfriar las bolas de mermelada sobre la ventana al más puro estilo del siglo XX, y cada mañana soñamos con ellas.

—Yo lanzo las bombas de humo. Tú corres y tomas la comida.

—Muy bien, Haru. Muy bien.

 Le revuelvo el cabello y sonrío, aunque por dentro duela verla crecer en este infierno. No debería saber cómo desactivar un dron de vigilancia ni mucho menos preparar una bomba casera. Pero la vida no pregunta, solo empuja. Nos movemos como sombras. Desde mi escondite veo el resplandor de las bombas estallar dentro del local, tiñendo el aire de humo rosa, nuestra firma característica —aunque no lo digo con orgullo, créanme—. Aprovecho la confusión para colarme entre los panaderos y tomar lo que puedo. Un par de sirenas se activan, pero ya estamos corriendo. Haru tropieza; la cargo en los hombros mientras los guardias giran sus sensores buscando nuestras firmas térmicas con sus implantes oculares. Saltamos sobre un túnel de ventilación y nos perdemos entre los vapores que brotan del subsuelo. Cuando por fin llegamos a la fábrica, jadeamos, riendo como si todo fuera un juego. 

—¿Ya podemos comer? —pregunta con los ojos brillantes. —Sí, pequeña gema. Es todo tuyo.

Las bolas de mermelada aún están tibias. El azúcar se derrite entre los dedos y la mermelada roja gotea como sangre dulce. Haru muerde una y suspira feliz. En su rostro, por unos segundos, no hay dolor ni hambre, solo infancia.

Nos sentamos en el marco oxidado de una ventana rota. Desde ahí se ve la estación de naves interplanetarias. Los motores rugen en la distancia, encendiendo el cielo con trazos de neón azul y naranja. 

—¡Esa! —grita ella—. Viajaré en esa cuando deje T28 Nova.

Cada día repite lo mismo, señalando una nave distinta. Yo también miro el cielo, soñando. T28 Nova es un basurero cósmico de corrupción y cuerpos reciclados, pero las naves… las naves siempre parecen promesas. 

—Ranko, ¿tú viajarás conmigo, verdad?

 —Claro, mi amor. Yo iré contigo.

La abrazo fuerte. Sus dedos se llenan de mermelada, y los míos de grasa. Allá afuera el mundo ruge, pero aquí adentro, en nuestra ruina iluminada por neones rotos, aún queda un poco de humanidad. Y eso, por ahora, basta para seguir respirando.