Hay algo que me da mucha risa cuando veo ciertos comentarios sobre el uso de la inteligencia artificial. Hay personas que dicen que, si un texto no tiene errores de ortografía, entonces necesariamente tuvo que haber sido escrito o corregido por una IA. Y cada vez que leo algo así, inevitablemente termino acordándome de una profesora que tuve durante la preparatoria.
Ruth me dio Lengua Española, o Español a secas, como solemos decir los mexicanos, y después Literatura Hiberoamericana durante mi último año de preparatoria. Era una profesora estricta y amorosa a partes iguales. Tanto que mis compañeros y yo terminamos llamándola “Abuelita Ruth”.
A ella le encantaba hacernos escribir. No importaba demasiado qué fuera, siempre encontraba alguna manera de hacernos practicar. Creo que una parte importante de que hoy ame hacer esto nació precisamente en esas clases.
Claro que también había una pequeña condición: teníamos que hacerlo bien.
Yo nunca he sido especialmente bueno con la gramática. De hecho, a veces pienso que es casi un milagro que haya terminado dedicándome a escribir. Quizá por eso sus llamadas de atención se me quedaron tan grabadas. Podía pasarme un buen rato revisando un texto, convencido de que finalmente había conseguido corregir todos mis errores, y entonces llegaba Abuelita Ruth con mi trabajo en la mano para explicarme que aquello seguía lleno de faltas por razones A, B, C, D, H, I, J...
Y yo tenía que volver a corregirlo.
Lo curioso es que hoy algunas personas parecen interpretar una buena ortografía como una señal de que necesariamente hubo una inteligencia artificial detrás del texto. Es una idea que me resulta particularmente extraña porque, cuando yo estaba estudiando, escribir correctamente no era una demostración de que habías utilizado una herramienta. Era, sencillamente, parte de lo que se esperaba que aprendieras.
Me gradué de la preparatoria en 2018, por cierto, así que para quienes estén pensando “seguro tus trabajos los escribió una IA”, pueden guardar las antorchas.
Hace tiempo que no hablo con Ruth y, sinceramente, me gustaría saber qué opina ella de ese tipo de argumentos. Me pregunto qué pensaría de que aquello por lo que tantas veces nos corregía ahora pueda ser interpretado como una señal de que una máquina hizo el trabajo por nosotros.
Pero hay otro recuerdo de ella que prefiero dejar como cierre, porque explica mucho mejor por qué aquellas correcciones terminaron siendo importantes para mí.
Una vez, harto de que me señalara errores, le pregunté:
“¿Le caigo mal, verdad, maestra?”
Ella simplemente sonrió mientras me entregaba mi calificación, que era reprobatoria, por cierto, y me respondió:
“No. Eres el más creativo de todos tus compañeros. Esto te apasiona, solo te falta hacerlo bien”.
Han pasado varios años desde entonces y todavía intento hacerle caso.