Trabajaba todos los días.
Llegaba antes que muchos
y se marchaba después de otros.
Pasaba horas detrás de un mostrador,
repitiendo las mismas palabras,
entregando las mismas bolsas,
viendo desfilar rostros
que nunca volvería a recordar.
Al terminar su turno regresaba a casa.
No había nadie esperándolo.
Dejaba las cosas en el mismo sitio,
cenaba cualquier cosa
y dormía para volver a empezar al día siguiente.
Trabajo.
Casa.
Dormir.
Y otra vez.
Había aprendido a vivir de esa manera
sin preguntarse cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Hasta que una tarde vio un anuncio.
Era una pequeña caja.
Dentro podían venir criaturas de plata.
Nadie sabía cuál encontraría al abrirla.
Podía ser un pájaro,
un gato,
un zorro,
una liebre
o una tortuga.
Él no sabía cuál quería.
Solo sabía que quería una.
La llevó a casa entre las manos.
La caja era pequeña,
ridícula para algo que, según el anuncio,
podía convertirse en compañía.
La abrió sentado a la mesa.
Dentro había una pequeña tortuga.
Era de plata.
Su caparazón reflejaba la luz de la habitación
y cabía entera en una sola mano.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces la tortuga levantó la cabeza.
Lo observó.
Él la observó a ella.
Y la pequeña criatura se movió.
No fue un movimiento brusco.
Solo se acomodó sobre su palma,
como si aquel lugar hubiera sido suyo desde antes.
Él sintió una corriente tibia atravesarle la piel.
Una cantidad pequeña de maná abandonó su cuerpo.
La tortuga se alimentaba de él.
Un poco cada vez.
Nunca demasiado.
Nunca lo suficiente para hacerle daño.
Después de aquello,
él comenzó a llamarla Gota.
Aquella noche habló con ella.
Le contó cosas que no habría contado a nadie.
Habló de su trabajo,
de la gente que veía todos los días,
del cansancio,
de lo poco que ocurría en su vida.
No esperaba respuesta.
Gota simplemente permaneció allí,
escuchándolo con la tranquilidad de quien todavía no sabe
que algunas palabras necesitan respuesta.
Cuando terminó,
la pequeña tortuga se acercó a su mano.
Él sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Pero hacía mucho tiempo
que nadie lo esperaba al volver a casa.
Los días continuaron.
Él iba a trabajar
y Gota se quedaba en casa.
Cuando regresaba, ella estaba allí.
Con el tiempo conoció la ventana,
la lluvia golpeando el cristal,
el sonido de las llaves en la puerta
y los brazos que la llevaban de un lugar a otro.
Conoció las calles desde sus manos.
Conoció una hoja que cayó sobre su caparazón.
Y un día conoció una mosca.
Gota la siguió durante varios minutos,
moviendo la cabeza cada vez que aquella criatura
se alejaba de ella.
Él la observó desde el sofá.
Se rio.
Gota no entendió por qué.
La mosca tampoco.
Pero durante unos minutos
aquello fue todo lo que existía.
Los meses pasaron.
Él seguía trabajando.
Seguía regresando cansado.
Seguía durmiendo poco.
Seguía viviendo en el mismo lugar.
Pero algo había cambiado.
Ahora ya no regresaba a casa
porque no tenía otro sitio adonde ir.
Regresaba porque Gota estaba allí.
Entonces llegó la prohibición.
Las criaturas de plata dejaron de aparecer en los anuncios.
Dejaron de venderse en las tiendas.
El gobierno anunció que eran peligrosas.
Se alimentaban del maná humano,
y algún día, dijeron,
podrían consumirlo hasta poner en riesgo a toda la población.
Nadie había demostrado que eso fuera a ocurrir.
Pero el miedo no necesitó pruebas.
Primero fueron prohibidas.
Después comenzaron a buscarlas.
Él vio a un hombre abrazando a un pequeño zorro de plata
cuando los oficiales llegaron a su casa.
Se lo quitaron.
Vio a una mujer sosteniendo un pequeño pájaro.
También se lo quitaron.
Las criaturas eran llevadas lejos.
Y después eran destruidas.
No comprendían lo que ocurría.
No sabían qué era un gobierno.
No sabían qué era una prohibición.
No sabían por qué aquellas manos
que antes parecían cuidar de ellas
ahora las arrancaban de sus dueños.
Tampoco tenían miedo.
Solo existían.
Y quizá por eso resultaba todavía peor.
El chico comenzó a mirar la puerta cada vez que escuchaba pasos.
Cerraba las ventanas.
Mantenía a Gota cerca.
Cuando salía, regresaba más rápido.
Cuando escuchaba voces en el pasillo, esperaba.
Hasta aquella noche.
Los golpes en la puerta lo despertaron.
Gota levantó la cabeza.
Él también.
Volvieron a golpear.
Esta vez con más fuerza.
No necesitó preguntar quién era.
La tomó entre sus manos
y salió.
Bajó las escaleras.
Atravesó la calle.
Entró en un callejón.
Volvió a salir.
Siguió corriendo.
No sabía adónde ir.
Solo buscaba un lugar donde esconderla.
Gota miraba desde sus brazos.
No entendía por qué corrían.
Hasta que los encontraron.
Él aceleró.
Detrás de ellos llegaron las voces.
Después los pasos.
Después demasiadas manos.
El chico cayó al suelo.
Los oficiales lo sujetaron.
Gota rodó unos centímetros sobre el pavimento.
Se incorporó.
Lo miró.
Él intentó alcanzarla.
No pudo.
Había demasiadas personas.
Unos mantenían al humano contra el suelo.
Otros comenzaron a acercarse hacia ella.
Gota miró sus manos.
Miró las de él.
Miró a los otros humanos.
Y por primera vez comprendió algo.
No todo lo que entendió aquella noche
fue el peligro.
Entendió algo mucho más pequeño.
Humano malo.
Humano bueno.
Amigo.
Ayuda.
El humano bueno la había protegido.
Le había dado un lugar donde vivir.
Le había dado su maná.
Había hablado con ella
aunque nunca pudiera responderle.
Había corrido por ella.
Ahora estaba en el suelo.
Y ella estaba libre.
Gota se acercó.
Entonces hizo algo que nunca había hecho.
No tomó un poco de maná.
No tomó lo necesario para alimentarse.
Tomó todo.
La plata de su cuerpo comenzó a brillar.
El aire alrededor de ella cambió.
Los oficiales retrocedieron.
El chico levantó la mirada.
Gota permaneció quieta.
Pequeña.
Plateada.
Y abrió un portal.
Era demasiado grande para una criatura tan pequeña.
Tan grande que por un instante
pareció que aquella luz podía tragarse la calle entera.
Él extendió los brazos.
Gota corrió hacia él.
Y los dos desaparecieron.
Después, el portal comenzó a cerrarse.
Nadie supo qué había al otro lado.
Nadie supo cuánto había dado Gota para abrirlo.
Nadie supo si aquella criatura pequeña
había sobrevivido a todo el maná que había gastado.
Quizá no.
Quizá encontraron un lugar donde nadie volviera a buscarlos.
Quizá no había ningún lugar así.
Quizá seguían corriendo.
Quizá, por primera vez,
estaban caminando sin tener que huir.
Nadie lo supo.
Solo quedó la calle vacía
y una pequeña cantidad de luz
apagándose lentamente.
Pero durante meses,
una tortuga de plata había esperado a un hombre
detrás de una puerta.
Y durante aquella noche,
por primera vez,
fue ella
quien lo llevó a casa.