Durante mucho tiempo, cuando escuchaba la palabra cyberpunk, mi cabeza se iba directamente al mismo lugar: ciudades enormes, lluvia, neón, implantes, hackers y alguna corporación malvada haciendo cosas ilegales sin que nadie haga absolutamente nada.

Y bueno... es verdad.

Pero eso es solo la punta de un iceberg bastante profundo.

Cuando empecé a interesarme más por la ciencia ficción, descubrí que detrás del cyberpunk existía toda una familia de géneros que utilizaban ese mismo sufijo para hablar de tecnologías, épocas y problemas muy diferentes.

Steampunk. Biopunk. Dieselpunk. Atompunk. Solarpunk.

Incluso existen términos mucho más recientes, como nanopunk o lunarpunk, cuya definición todavía está bastante menos establecida.

Pero una cosa es memorizar una lista y otra muy diferente es hacerse una pregunta:

¿Qué significa realmente ese “punk”?

Y para responderla tenemos que regresar a la ciencia ficción.


Primero hay que entender el “punk”

Si bien la palabra punk  puede traducircise como "rebelde". No creo que todas las historias de ciencia ficción puedan caber aqui. Si fuera así, prácticamente cualquier historia de ciencia ficción con un protagonista que se salta las reglas podría llamarse cyberpunk.

Los géneros punk suelen colocar una tecnología, una transformación social o una determinada visión del futuro frente a las personas que tienen que vivir dentro de ella.

La tecnología puede ser extraordinaria.

El mundo que construimos alrededor de ella puede no serlo.

Esta relación entre tecnología y sociedad es especialmente importante en el cyberpunk. Lars Schmeink, por ejemplo, señala que la ciencia ficción resulta particularmente adecuada para explorar cómo la tecnociencia modifica las estructuras sociales y políticas. En su estudio sobre biopunk incluso describe al cyberpunk como una respuesta cultural a la tecnología informacional y biológica de finales del siglo XX.

Por eso el “punk” no está necesariamente en la tecnología.

Está en el conflicto: quién la controla, quién puede pagarla y quién queda excluido, pero sobre todo qué ocurre cuando esa tecnología, modifica nuestra forma de vivir.

Y, sobre todo, qué ocurre cuando el progreso tecnológico no viene acompañado de un progreso social equivalente.


Cyberpunk: cuando el futuro llega, pero no para todos

El cyberpunk es probablemente el miembro más famoso de esta familia. También es el que más me interesa.

No solamente porque buena parte de mi trabajo reciente se encuentra alrededor de él, sino porque es probablemente uno de los subgéneros que más ha influido en la forma en que imaginamos el futuro tecnológico.

Pero hay que tener cuidado con una idea bastante extendida:

William Gibson no inventó el cyberpunk.

Su importancia es enorme, pero la historia es más interesante.

El término cyberpunk apareció como título de un cuento de Bruce Bethke, publicado en 1983. Poco después comenzó a utilizarse para describir una corriente de escritores que estaban trabajando con preocupaciones similares.

Entonces llegó Gibson.

En 1984 publicó Neuromancer y prácticamente cambió la conversación.

La novela llevó al centro de la ciencia ficción una combinación que terminaría convirtiéndose en la imagen clásica del género: redes informáticas, inteligencia artificial, hackers, corporaciones, modificación del cuerpo y personajes que sobreviven en los márgenes de sociedades tecnológicamente avanzadas.

Pero Gibson no estaba trabajando solo.

Autores como Bruce Sterling, Pat Cadigan, Rudy Rucker y John Shirley participaron en la formación de aquella corriente. Sterling tendría además un papel fundamental en su consolidación como movimiento literario, especialmente gracias a la antología Mirrorshades, publicada en 1986.

Por eso prefiero hablar de padres fundadores antes que buscar un único inventor.

El cyberpunk fue más parecido a una escena literaria que encontró un nombre para sí misma.

¿Qué hace que algo sea cyberpunk?

Aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque no basta con poner un implante en el brazo de un personaje, mucho menos con llenar una ciudad de anuncios de neón.

Entre los elementos que aparecen repetidamente encontramos:

  • tecnologías informáticas avanzadas;

  • redes y circulación masiva de información;

  • inteligencia artificial;

  • modificaciones corporales;

  • grandes corporaciones;

  • vigilancia;

  • desigualdad;

  • personajes marginales;

  • conflictos entre individuos y estructuras de poder;

  • y una relación cada vez más complicada entre cuerpo, mente y tecnología.

Pero hay algo que me parece todavía más importante:

el cyberpunk sospecha del progreso.

No necesariamente de la tecnología.

Del progreso entendido como una especie de promesa automática.

Una sociedad puede tener computadoras increíbles y seguir siendo profundamente desigual.

Puede conectar a millones de personas y vigilar a cada una de ellas al mismo tiempo.

Puede fabricar órganos artificiales y decidir quién merece recibirlos.

Puede permitirnos modificar nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, convertir esa modificación en un privilegio económico.

Esa tensión es mucho más importante para el cyberpunk que cualquier estética concreta.

De hecho, los límites del término han sido discutidos durante décadas. Schmeink explica que, después de su etapa como movimiento literario relativamente definido en los años ochenta, el cyberpunk se convirtió en una formación cultural mucho más amplia, influyendo en literatura, cine, videojuegos y otras expresiones.

Y quizá por eso seguimos hablando de él.

El cyberpunk de los años ochenta no predijo exactamente nuestro presente.

Pero sí aprendió a hacer preguntas que todavía resultan bastante incómodas.


Steampunk: cambiar el pasado para imaginar otro futuro

El steampunk parece, a primera vista, mucho más sencillo.

  • Vapor.
  • Engranajes.
  • Dirigibles.
  • Máquinas imposibles.
  • Londres victoriano.

Pero detrás de esa estética hay una idea bastante más interesante.

¿Qué habría ocurrido si la tecnología hubiera tomado otro camino?

El término steampunk fue utilizado por K. W. Jeter en 1987 para referirse, con cierta ironía, a las obras que él mismo, Tim Powers y James P. Blaylock estaban escribiendo.

Y aquí aparece una curiosidad que me encanta: el nombre nació tomando como referencia precisamente al cyberpunk.

Es decir, uno de los grandes subgéneros que hoy reconocemos como una entidad independiente nació, literalmente, a la sombra del cyberpunk.

Pero sus antecedentes son anteriores al término.

Obras como The Warlord of the Air, de Michael Moorcock, y The Space Machine, de Christopher Priest, ya estaban jugando con futuros alternativos construidos a partir de imaginarios tecnológicos del siglo XIX.

Después llegarían novelas como The Difference Engine, escrita por William Gibson y Bruce Sterling, que imagina una Inglaterra victoriana transformada por el desarrollo de máquinas de cálculo.

Y ahí está la diferencia esencial.

El cyberpunk pregunta:

¿Qué pasa si llevamos nuestra tecnología hacia adelante?

El steampunk pregunta:

¿Qué pasa si llevamos el pasado hacia otro futuro?


Dieselpunk: un futuro construido con gasolina, humo y art déco

El dieselpunk se parece al steampunk en algo fundamental: también utiliza el pasado para construir futuros alternativos.

Pero cambia el escenario.

En lugar del siglo XIX, se inspira principalmente en la primera mitad del siglo XX.

  • La época de los grandes motores.
  • La aviación.
  • El petróleo.
  • Las guerras mundiales.
  • El art déco.
  • Las revistas pulp.
  • El cine negro.

Y ese futuro que nuestros abuelos probablemente imaginaron mucho más lleno de máquinas de lo que terminó siendo.

Una particularidad del dieselpunk es que el término es bastante reciente. Fue acuñado en 2001 por el diseñador de videojuegos Lewis Pollak para describir el mundo de Children of the Sun.

Eso significa que debemos distinguir entre el nacimiento del término y el nacimiento de las obras que posteriormente clasificamos como dieselpunk.

La etiqueta es nueva.

La imaginación que describe, no tanto.


Biopunk: cuando la tecnología deja de estar fuera del cuerpo

Aquí es donde el parentesco con el cyberpunk se vuelve especialmente evidente.

Si el cyberpunk está obsesionado con las computadoras, las redes y la modificación tecnológica del ser humano, el biopunk lleva una parte de esas preguntas hacia otro lugar:

la biología.

  • Ingeniería genética.
  • Clonación.
  • Manipulación del ADN.
  • Biotecnología.
  • Patentes sobre organismos.
  • Selección genética.
  • Diseño del cuerpo humano.

Y eso genera preguntas bastante incómodas.

¿Qué ocurre si podemos modificar genéticamente a una persona antes de que nazca?

¿Quién tendría acceso a esa tecnología?

¿Podría una empresa patentar una forma de vida?

¿Podría la genética convertirse en otra forma de desigualdad?

Aquí encontramos una conexión académica bastante clara con el cyberpunk. Schmeink describe el biopunk como una formación cultural que surge de la evolución de la investigación genética, del pensamiento posthumano y de la herencia del cyberpunk.

Pero también introduce una advertencia que me parece importante.

No todo lo que llamamos biopunk es realmente “punk” en el mismo sentido que el cyberpunk.

El término se ha utilizado para agrupar obras sobre biotecnología, pero la dimensión contracultural, hacker o antiinstitucional puede variar mucho entre ellas.

Esto es precisamente lo que me gusta de estudiar estos géneros.

Las etiquetas ayudan.

Pero también pueden engañarnos.


Atompunk: cuando el futuro tenía forma de hongo nuclear

El atompunk nos lleva a otra época: la Era Atómica.

  • La Guerra Fría.
  • La energía nuclear.
  • Los primeros computadores.
  • La carrera espacial.
  • Los cohetes.
  • Los platillos voladores.

Y todas aquellas ilustraciones de mediados del siglo XX donde el futuro parecía estar a la vuelta de la esquina.

Es un futuro visto desde el pasado.

Y tiene una contradicción fascinante.

Durante buena parte del siglo XX, la energía nuclear podía representar simultáneamente dos cosas completamente opuestas.

La promesa de una civilización con energía prácticamente ilimitada.

Y la posibilidad de destruirla en cuestión de minutos.

La ciencia ficción de aquel período estaba obsesionada con ambas posibilidades.

Por eso el atompunk no se limita a la bomba atómica.

También incluye el optimismo tecnológico de la Era Espacial, la estética de los años cincuenta y sesenta y aquella particular idea de futuro donde las casas, los automóviles y hasta las cocinas parecían estar a punto de convertirse en naves espaciales.


Nanopunk: cuando la tecnología se vuelve demasiado pequeña para verla

El nanopunk es uno de los términos más difíciles de colocar dentro de una historia literaria tan clara como la del cyberpunk.

Su concepto, en cambio, es bastante sencillo.

La nanotecnología se convierte en una fuerza capaz de transformar radicalmente la sociedad.

  • Nanomáquinas.
  • Nanobots.
  • Materiales programables.
  • Medicina a escala molecular.
  • Máquinas capaces de manipular la materia desde niveles extremadamente pequeños.

Aquí la tecnología deja de ser necesariamente visible.

Y eso cambia bastante la clase de historias que podemos contar.

En el cyberpunk, la tecnología suele estar por todas partes: Pantallas, prótesis, cables. implantes.

En el nanopunk puede estar literalmente dentro de nosotros sin que podamos verla.

Y esto vuelve a mostrarnos que el sufijo -punk no garantiza una estética concreta.

Lo importante es qué problemas sociales, políticos o humanos genera esa tecnología.


Solarpunk: imaginar un futuro que no sea una pesadilla

El solarpunk me parece especialmente interesante porque rompe una expectativa que se había vuelto casi automática dentro de la ciencia ficción contemporánea.

El futuro no tiene por qué ser horrible.

El término apareció en 2008, cuando el blog Republic of the Bees publicó un texto titulado From Steampunk to Solarpunk. La propuesta era imaginar una nueva ficción especulativa alrededor de tecnologías sostenibles y energías renovables.

La idea fue creciendo.

Y con ella apareció una pregunta bastante sencilla:

¿Por qué somos tan buenos imaginando futuros que fracasan y tan malos imaginando futuros que funcionan?

El solarpunk intenta hacer lo contrario.

No significa que todo sea perfecto.

Significa que la tecnología puede utilizarse dentro de sociedades que buscan reducir el daño ambiental y construir formas más sostenibles de vida.

  • Energía renovable.
  • Arquitectura sostenible.
  • Agricultura urbana.
  • Transporte limpio.
  • Comunidades locales.
  • Tecnología reparable.

Y una visión menos apocalíptica del futuro.

Por eso el solarpunk es particularmente interesante dentro de la familia.

No abandona la dimensión política del “punk”.

Simplemente cambia la pregunta.

El cyberpunk suele preguntarnos qué sucede cuando las tendencias actuales terminan convirtiendo el futuro en una pesadilla.

El solarpunk pregunta:

¿Y si intentamos cambiar esas tendencias antes de llegar allí?


Lunarpunk: una corriente todavía en construcción

Y aquí llegamos al miembro más extraño de la familia.

El lunarpunk.

A diferencia del cyberpunk o el steampunk, no tiene una historia literaria tan consolidada ni una definición universalmente aceptada.

El término suele aparecer relacionado con el solarpunk y con ideas de comunidad, autonomía, naturaleza, espiritualidad y formas alternativas de organización social.

También puede incorporar una estética más nocturna y una relación distinta con la naturaleza.

Por eso prefiero no venderlo como un género perfectamente definido.

Todavía está construyéndose.

Y eso también forma parte de la historia de la ciencia ficción.

Los géneros no aparecen necesariamente con un certificado de nacimiento.

A veces una palabra comienza circulando entre escritores, artistas y lectores. Después aparecen obras. Las obras generan conversaciones. Las conversaciones crean características comunes.

Y quizá, con suficiente tiempo, alguien termina escribiendo la historia del movimiento.


Entonces, ¿qué tienen todos estos géneros en común?

Después de recorrerlos, podemos volver a la pregunta inicial.

¿Qué significa punk?

No hay una única respuesta que funcione perfectamente para todos.

El cyberpunk, el steampunk y el biopunk tienen genealogías diferentes.

El dieselpunk y el atompunk utilizan principalmente el retrofuturismo.

El solarpunk desarrolla una respuesta más optimista a los problemas ambientales.

El nanopunk gira alrededor de una escala tecnológica específica.

Y el lunarpunk todavía está formando su propia identidad.

Por eso creo que es más útil pensar en ellos como formas diferentes de utilizar la ciencia ficción para cuestionar nuestra relación con el progreso.

El cyberpunk desconfía de las redes, las corporaciones y la concentración tecnológica.

El biopunk mira hacia la genética y la propiedad de la vida.

El steampunk juega con la historia y las posibilidades tecnológicas que nunca ocurrieron.

El dieselpunk hace lo mismo con la primera mitad del siglo XX.

El atompunk recupera la imaginación de la Era Atómica.

El nanopunk lleva la tecnología a escalas microscópicas.

Y el solarpunk intenta demostrar que imaginar el futuro también puede significar imaginar soluciones.


Y aquí es donde entra mi propia ciencia ficción

Esta parte me parece importante aclararla porque yo mismo utilizo la palabra cyberpunk para hablar de algunas de mis obras.

Es una etiqueta útil.

Si alguien me pregunta de qué trata El Desahuciado, decir que es ciencia ficción cyberpunk permite que esa persona tenga inmediatamente una idea aproximada del mundo que va a encontrar.

Pero una cosa es utilizar una etiqueta útil y otra afirmar que absolutamente todo lo que hay dentro de una obra pertenece al género.

Y ahí prefiero ser honesto.

El Desahuciado tiene elementos claramente cyberpunk.

Tenemos una sociedad altamente tecnificada, desigualdad, tecnología médica avanzada, inteligencia artificial, modificaciones biomecánicas, instituciones con enorme poder y una relación bastante incómoda entre tecnología y autonomía humana.

Pero también hay elementos de distopía, thriller y noir.

No todo es cyberpunk.

Y eso no me parece un problema.

De hecho, creo que es bastante normal.

Los géneros literarios no son cajas herméticas.

Una novela puede tener una estructura de thriller, una atmósfera noir, elementos distópicos y, al mismo tiempo, utilizar preocupaciones fundamentales del cyberpunk.

Eso es precisamente lo que ocurre dentro de Residuo No Eliminable.

Mi interés no está únicamente en poner personajes futuristas dentro de una ciudad futurista.

Me interesa preguntarme qué ocurre cuando una sociedad empieza a convertir prácticamente todo en algo que puede ser medido, optimizado y utilizado.

El cuerpo.

El tiempo.

La salud.

La productividad.

La información.

Incluso la felicidad.

Y ahí vuelvo a encontrarme con el cyberpunk.

No porque quiera reproducir exactamente el mundo de Gibson.

Sería bastante extraño intentar escribir en 2026 como si todavía estuviéramos en 1984.

Sino porque muchas de las preguntas que planteaba aquel movimiento siguen siendo útiles.

Solo cambiaron algunas de las herramientas.

En los años ochenta nos preocupaban las grandes redes informáticas.

Hoy tenemos redes sociales capaces de conocer nuestros hábitos.

Nos preocupaban los implantes.

Hoy hablamos de interfaces cerebro-computadora.

Nos preocupaban las corporaciones tecnológicas.

Hoy vivimos rodeados de ellas.

Nos preocupaba que la información se convirtiera en poder.

Bueno...

Eso salió bastante bien.


El futuro no necesita parecerse al cyberpunk para seguir hablando de él

Creo que esa es, finalmente, la razón por la que estos géneros siguen apareciendo.

El cyberpunk no es solamente neón.

El steampunk no son solamente engranajes.

El biopunk no son solamente mutantes.

El solarpunk no son solamente paneles solares.

Son maneras de tomar una tecnología, una época o una transformación social y preguntarnos:

“¿Qué clase de mundo construiríamos alrededor de esto?”

A veces la respuesta es horrible.

A veces es esperanzadora.

A veces es absurda.

Y algunas veces todavía no sabemos cuál será la respuesta porque estamos viviendo el comienzo de ese futuro.

Por eso sigo escribiendo ciencia ficción.

No porque quiera adivinar exactamente cómo será el mundo dentro de cien años.

Sino porque me interesa utilizar el futuro para hablar del presente.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que el cyberpunk sigue vivo.

No necesitamos vivir en una ciudad llena de neón para estar dentro de una historia cyberpunk.

Solo necesitamos hacernos una pregunta bastante incómoda:

¿Qué estamos construyendo hoy que nuestros descendientes podrían considerar el futuro que salió mal?