La vida después de la muerte de mi madre fue un sube y baja de emociones, como si alguien hubiera conectado mi sistema nervioso a una consola mal calibrada.
No tengo padres.
Al salir de la facultad de medicina. Nadie encuadró mi sonrisa junto a un diploma reluciente. Tampoco hubo familiares en mi fiesta de graduación.
Aun así mantuve el rostro en alto. Había sobrevivido a una golpiza prolongada, mental y física, y convertirme en una médico honesta era una victoria que no pensaba minimizar.
Después vino el protocolo.
Frío. Aséptico.
La asignación a un hospital. Un trámite más. Una decisión que no me pertenecía.
Desde ese momento debí percatarme que la medicina no es la profesión noble con la que quise honrar una promesa hecha a mi madre muerta, sino una maquinaria política compleja, silenciosa y perfectamente aceitada.
Pero no lo hice.
Pero a pesar de todo lo que había vivido hasta ese punto en mi vida, la misma también supo rozarme el corazón. Gracias a eso ingresé a la preparatoria y luego a la universidad Punta del Cielo. El nombre suena a promesa ¿No te parece así?, La institución más cara del mundo. Colegiaturas tan obscenas que solo los hijos de personas verdaderamente importantes podían pagarlas.
¿Cómo logré entrar? La respuesta es tan fácil como compleja.
En Onamuh, si desde secundaria destacas en algún campo —en mi caso, la biología— puedes recibir una beca completa. No la solicitas. No llenas formularios. Ellos te encuentran, te observan y, si les sirves, te eligen.
Así fui aceptada en ese lugar desde la preparatoria y, al graduarme, obtuve un pase totalmente pagado a la universidad. Una chica de la prole caminando junto a herederos del mundo, respirando el mismo aire filtrado y aprendiendo bajo los mismos hologramas de prestigio.
Gracias a ese sistema, a mi cerebro y a un sistema excesivamente efectivo, llegué hasta ese punto en tiempo récord: una certificación funcional de tercer grado y la certeza de que estaba lista para soportar palizas tras palizas en residencias, internado, servicio social y, por supuesto, la especialidad.
¿Genial?
Eso pensé… antes de entender el costo real de habitar el cielo. Este país no espera que estés listo. Espera que seas útil rápido, sin importar el precio.
—Perdón por llegar tarde, negra.
El apodo se me quedó pegado desde el primer día. A veces era racismo, otras clasismo y en ocasiones (como esa), una forma torpe pero honesta de cariño.
Sonreí y me acerqué para saludarlas con un beso breve en la mejilla. Ella y su hermana, casi idénticas, habían sido de las últimas en presentarse para la asignación de hospital.
Nadea y Danea Enoshima.
Hijas de Nía Enoshima, Primera Ministra de Onamuh. Sí, conviví con lo mejor de lo mejor. Compartí aulas y silencios con la sangre directa de la mujer más poderosa del país.
—Disculpen… señorita Nadea. Nuestra señora la recibirá ahora. A ti también, Nayeli.
La voz de uno de nuestros colegas nos hizo mirar al frente.
Nos llamaron juntas. Mismo destino.
Nos abrazamos con una felicidad casi infantil, aunque sabía que lo que pesaba en el pecho de mi amiga era la idea de separarse de su hermana. Tal vez era lo mejor. Dos Enoshima juntas son demasiada adrenalina para cualquiera que no viva de la política.
El aula parecía más una sala de mando que un espacio académico. Muros de vidrio inteligente, pantallas flotantes con historiales médicos deslizándose como peces luminosos, un zumbido eléctrico constante que se metía en los dientes.
Y entonces la vimos.
Nía Enoshima.
No vestía como una doctora respetable.
Vestía como alguien a quien se le rinde culto.
Su figura recordaba a la de una fanática religiosa, con una diferencia esencial: ella no cree en dioses. Ella lo es. Portaba una túnica negra con detalles rojos; al cuello, un collar con una rosa negra, el escudo del país. Un velo y una cofia del mismo color cubrían su cabeza, dejando apenas ver el cabello oscuro teñido de rojo en las puntas.
Parecía más preparada para oficiar una misa que para dirigir un hospital.
Su piel, de una palidez quirúrgica, marcada por líneas finas y símbolos biomecánicos, obras de los mejores diseñadores dérmicos de Onamuh. Los tatuajes apenas se insinuaban en el dorso de sus manos, como si no necesitaran mostrarse del todo.
Cada uno de sus movimientos incomodaba.
Cada uno dominaba.
Lo único que rompía la escena fue una pequeña patita que graznó al ver a Nadea. Un pato blanco, rechoncho, con una solemnidad completamente injustificada.
Alice, (si no me falla la memoria).
Caminaba por el aula como si le perteneciera, observándonos con ojos de ministra.
Nía no nos miró al entrar. Hizo apenas una seña con la mano para que nos sentáramos frente a su escritorio mientras sus dedos danzaban sobre el teclado del portátil.
—¿Trajiste a Alice…?—Le cuestiono Nadea recibiendo al ave en brazos. Tengo entendido que ella es la dueña—Me agrada el pato—.La respuesta de Nía llegó sin levantar la mirada.
Sé lo que estás pensando: ¿la Primera Ministra dando clases?
Es complicado. En Onamuh los políticos de cierto rango no reciben sueldo por su labor pública. Deben sostenerse con otra actividad visible y rentable.
Para Nía fue el modelaje. Su rostro cubre las pantallas del país entero. La medicina es otra cosa: ejerce en varios hospitales y dirige la facultad de medicina de Punta del Cielo, al menos en el campus de Lustron.
No porque lo necesitara.
Sino porque puede.
—Empecemos.
Dijo Nia. Cerró la computadora con un clic seco y entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Tú me caes bien. Eres buena alumna—Su uña brillante me señaló, afilada como advertencia—. A ti… y a tus clones las soporto a diario.—Concreto girando la vista a su hija.
Podría parecer que no ama a sus hijas. Sería un error. Yo estuve en su casa. Las vi convivir. Nía las ama más de lo que jamás admitiría en voz alta.
Tomó la tableta y revisó nuestros expedientes.
—Gutiérrez. Medicina interna—La ceja de mi profesora se levantó apenas—. Básica. Irrelevante, en mi opinión. Pero terminaste el proceso.
La frase cayó limpia, sin crueldad ni concesiones.
—O'connell… angiología. Tú sirves un poco más.
Alice graznó suavemente, como si aprobara el veredicto.
Mientras Nía repasaba nuestro historial académico, no pude evitar sentir una mezcla extraña de gratitud y sorpresa. Gratitud por haber podido estudiar, por el simple hecho de haber estudiado medicina, algo que me encogía el pecho y al mismo tiempo me aceleraba el corazón.
El sistema AIDA era increíblemente eficaz para optimizar la educación, al menos en el ramo médico. Años de conocimiento técnico y práctico habían pasado ante mí como si no pesaran nada.
—Sí pude, mami…
Lo susurré apenas. Una confesión dirigida al cielo. La niña irresponsable que ella conoció en su último año de vida, ahora era doctora.
—Gutiérrez, atiende.
La voz de Nía me devolvió a la realidad. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. Nadea lo entendió sin palabras: dondequiera que estuviera mi madre, estaría orgullosa.
—Hospital General de Especialidades de Lustron —continuó Nía—. Gutiérrez: puedes ganar alrededor de once mil reils* al mes. Tú, hijita, puedes ganar unos veinte mil. Suficiente para que dejes de tocarme las pelotas. Pero no les prometo nada, son solo estimaciones.
Abrió el portátil.
Entendimos que podíamos irnos.
Nos levantamos, pero su voz nos detuvo antes de salir.
—Nadea. ¿Puedes quedarte?—Le pidió la madre a su hija con un tono, en apariencia, inocente.
No hubo despedidas. Yo salí. Ella volvió a sentarse.
El despacho quedó en silencio. Esperó.
Minutos enteros observando a Alice pasearse por la habitación.
—Los Cráneos… —se atrevió Nadea al fin—. ¿Siguen dando problemas?
Nía cerró la computadora.
—La abuela podría…
—No enviaré a Zoe. Ni a tu tía. No en estas fechas.
Le respondio Nia tomando a Alice entre los brazos y acarició su plumaje con una delicadeza inquietante.
—La nueva ley es eficiente, Nadea. No te asigné a ese hospital por capricho—Los ojos azules de Nia brillaron como en las pantallas de la ciudad, una luminiscencia que casi siempre significaba peligro—. Ahí los desechan. Tráeme pruebas.
Concretó su orden mientras dejaba a la pata en el suelo.
Nadea inclinó la cabeza con respeto y salió.
El traslado al hospital vino después.
Nía nos prestó su Rolls Royce. No fue un gesto de amabilidad. Fue logística. Con ella todo funciona así.
El trayecto se volvió lento y espeso. Me costaba mantener los ojos abiertos. El movimiento suave del auto, el silencio acolchado del interior y el zumbido del sistema de navegación me empujaban hacia un sueño involuntario.
El hospital quedaba a dos horas de Punta del Cielo.
Al menos en teoría.
Por la ventana vi la realidad de vivir bajo la imagen de Nuestra Señora. No hay fachada, túnel elevado o puente de tránsito donde su rostro no aparezca. Pantallas holográficas atravesaban la bruma de neón repitiéndola sin descanso: cuerpo, sonrisa, piel perfecta.
Nía convertida en producto. Nía convertida en promesa. Nía convertida en orden.
Creí que podría seguir mirando sin pensar hasta que un anuncio me obligó a incorporarme en el asiento.
La fotografía era limpia, casi quirúrgica. Vestía su atuendo oficial, sobrio, institucional. Más cercano al de una hermana que al de una política. El símbolo del Estado brillaba en su pecho.
Debajo, el mensaje era simple:
Mientras Nuestra Señora respire, el mal no tocará esta tierra.
Así es Onamuh.
Un país diseñado para no cuestionar.
El trayecto terminó extendiéndose casi cuatro horas. Casinos, hoteles cápsula y distritos de ocio saturaban las arterias principales. Turistas, locales, drones publicitarios y vehículos de lujo peleaban por centímetros de asfalto elevado.
El Rolls Royce avanzaba con paciencia mecánica.
Yo no.
Sentía que cada kilómetro me hundía más en la ciudad. En ella. En su sombra.
Y Nía estaba en todas partes.
Cuando llegamos, el edificio se alzaba como una colmena de acero y cristal negro. Líneas de luz azul pulsaban lentamente y las pantallas mostraban estadísticas médicas en tiempo real: tasas de supervivencia, tiempos promedio de muerte.
Al cruzar las puertas el aire se volvió más seco, más estéril. Drones flotaban a baja altura limpiando y escaneando. Cada paso quedaba registrado.
Había pocas enfermeras. Brazos mecánicos emergían de las paredes para dispensar medicamentos y extraer muestras.
Sin palabras.
Sin pausas.
Subimos a las oficinas administrativas, donde el hospital fingía humanidad: café recalentado, alfombras grises, plantas vivas por pura terquedad biológica.
Ahí nos recibió un doctor con cabello canoso, ojos azules gastados de mirar cuerpos como inventario.
—Es un honor tenerlas aquí —dijo—. En especial a usted, señorita.
Besó la mano de Danea con una reverencia exagerada, casi teatral, antes de enderezarse con una sonrisa que pretendía ser cordial y profesional al mismo tiempo.
—Empecemos.
Aquella sola palabra marcó el inicio de algo que no era exactamente una bienvenida. Más bien sonó como la apertura de una maquinaria que ya estaba en marcha desde mucho antes de que nosotras llegáramos.
—Señorita Nayeli.
El doctor Morales me señaló con su bolígrafo. Le devolví una sonrisa breve, apenas un gesto de educación.
Luego repitió el movimiento con mi compañera.
—Señorita Nadea. —Hizo una pausa deliberada antes de continuar—. Bienvenidas al Hospital General de Altas Especialidades de Lustron.
Su voz no tenía el filo de un regaño ni la sequedad de un trámite administrativo. Había en ella una especie de orgullo institucional, una intención clara de hacernos sentir el peso del lugar en el que estábamos sentadas. Y funcionaba. Bastaba con escuchar el nombre completo del hospital para que el ambiente adquiriera otra gravedad.
Ni siquiera mi propia maestra se había tomado la molestia de pronunciarlo así minutos atrás.
—Soy el doctor Javier Morales Cardon. Estaré a cargo de ustedes mientras trabajen aquí. —Se acomodó los lentes antes de continuar—. Estoy seguro de que durante su internado y sus prácticas clínicas ya han escuchado historias sobre este hospital.
Apoyó las manos sobre el escritorio.
—Pero permítanme aclararlo desde ahora: este no es cualquier centro médico.
Sus ojos se detuvieron primero en Nadea, luego en mí.
—Aquí tratamos casos que ningún otro hospital del país puede manejar. Pacientes que llegan cuando todos los demás ya han fracasado. Para trabajar aquí necesitamos a los mejores. Exactamente el tipo de médicos que la Universidad Punta del Cielo afirma haber formado.
Cuando su tono se volvió más grave, casi solemne, sentí cómo mi respiración se volvía más pesada.
¿Estaba lista para algo así?
Sabía que mis investigaciones en biología habían sido bien recibidas. No solo por Nía, sino por varios doctores de renombre que habían revisado mis publicaciones durante la carrera. Pero la investigación ocurre en laboratorios silenciosos, entre datos, cultivos y teorías.
Esto era otra cosa.
Aquí la variable era una vida humana.
El mismo temor que había sentido durante mis prácticas volvió a instalarse en mi pecho como una presión incómoda.
Morales continuó hablando, como si pudiera percibir esa tensión pero no tuviera ninguna intención de suavizarla.
—Ahora bien. En cuanto a sus condiciones laborales—Abrió un pequeño panel digital sobre su escritorio y proyectó algunos datos en la superficie de vidrio—. No puedo hablar de su sueldo definitivo hasta asignarlas formalmente a un departamento. Sin embargo, imagino que ya tienen ciertas expectativas.
Nos miró por encima de los lentes.
—Sobre todo considerando que ustedes pertenecen a la primera generación que se beneficiará de la reforma médica aprobada el año pasado.
Hizo una pausa breve.
—Los bonos serán… sustanciales.
Nadea no reaccionó.
Yo tampoco estaba segura de qué sentir al respecto.
—De momento —continuó—, necesito confirmar algunos datos.
Las manos del doctor, ya ligeramente arrugadas por la edad, se deslizaron sobre nuestros expedientes universitarios. Tomó primero el de Nadea, respetando una jerarquía que ninguno de nosotros mencionó en voz alta.
Abrió la carpeta.
—Doctora Nadea O'Connell Enoshima. Veinticuatro años. Especialidad en angiología.
—Correcto.
Nadea respondió con un tono distraído, como si aquello fuera un trámite menor que debía superar antes de poder irse a hacer algo más interesante.
Morales asintió y cerró la carpeta sin comentario alguno.
Luego tomó la mía.
En ese momento se detuvo apenas un segundo más de lo necesario.
No es que quiera engrandecer mi figura, pero mi paso por la universidad había sido… intenso. Investigación tras investigación, proyectos adicionales, colaboraciones con otros laboratorios. Mientras Nadea se conformaba con aprobar, yo había decidido destacar.
Y ese expediente lo decía todo.
—Doctora Nayeli Gutiérrez Castro. Veinticuatro años. Especialidad en medicina interna—Mi garganta se tensó—. Correcto.
La palabra salió más baja de lo que habría querido.
Morales cerró ambos expedientes y los colocó a un lado del escritorio con cuidado.
Después nos observó en silencio.
No como quien evalúa currículos.
Como quien calcula el peso real de dos piezas nuevas dentro de una maquinaria enorme.
Finalmente habló.
—Bien, sus contratos constan de 7 años de servicio con las prestaciones de ley incluidas por supuesto.
Entrelazó las manos.
—Señorita Enoshima. Angiología y cirugía vascular. Séptimo piso.
Danea sonrió de inmediato, satisfecha.
Yo permanecí en silencio, esperando mi turno.
Morales consultó nuevamente el expediente que tenía frente a él, aunque ya conocía su contenido. Sus dedos recorrieron una línea imaginaria sobre la hoja antes de hablar.
—Señorita Gutiérrez. Clínica familiar. Primer piso.
La frase cayó con una ligereza que contrastó violentamente con lo que provocó dentro de mí.
Sentí el calor subir desde el estómago hasta el pecho.
Clínica familiar.
La puerta de entrada del hospital. El lugar donde terminaban los casos simples, las consultas rápidas, los diagnósticos que apenas requerían algo más que experiencia básica y paciencia. Un sitio necesario, sí, pero también el punto más bajo dentro de la jerarquía médica del edificio.
Morales levantó la vista hacia mí con una sonrisa medida, tan pulida que parecía ensayada.
—En cuanto al salario, trece mil reils mensuales.
Hizo una breve pausa antes de continuar, como si estuviera a punto de añadir algo especialmente considerado.
—En su caso, doctora Nayeli, también debemos contemplar su trayectoria académica. Sus investigaciones pasarán a formar parte del sistema de investigación del hospital.
Su tono se volvió ligeramente más cálido.
—Tanto el hospital como el gobierno de Onamuh agradecen su contribución al desarrollo médico—La sonrisa volvió a aparecer en su rostro—. Además, una doctora con su perfil merece una compensación adecuada. Durante el primer año de su contrato contará con un bono adicional de cinco mil reils.
Dicho así, sonaba como un reconocimiento.
Como un premio.
Pero mientras hablaba, comprendí el verdadero mensaje escondido bajo toda aquella cortesía impecable.
Mi trabajo sería útil.
Mis investigaciones también.
Pero no lo suficiente como para confiarme pacientes importantes.
—Y para usted Nadea. dieciocho mil reils. Empiezan hoy.
—Espere. Revise mi expediente de nuevo… por favor, debe haber más… otra cosa.
Le supliqué el doctor lo hizo con hizo con calma.
—Sus méritos son indiscutibles yo mismo me considero un admirador de su ensayo sobre los bioimplantes en el sistema límbico.
Les juro que en sus palabras nadaba la arrogancia de un doctor con años de experiencia que no pensaba tolerar que la sangre fresca se ganará su lugar en el mundo médico con la mitad de tiempo. Con esa misma arrogancia cerró el archivo.
—Pero eligió Medicina Interna.
Me miró como si la discusión hubiera terminado antes de empezar.
—Los internistas «aguantan todo».
Fui escoltada fuera.
Más tarde nos llevaron a las habitaciones del hospicio.
—Compartirán con la doctora Melissa y con nuestra señora —dijo la asistente.
Nadea suspiró. Yo me dejé caer en la cama.
—Y recuerden —añadió—, cualquiera puede ser elegido Ángel de la Piedad. En especial usted, como internista.
La empujé fuera de la habitación.
—Ni en tus sueños, amiga.
Cerré la puerta.
Sin saber que no había escapatoria.
Mi destino quedó sellado en el momento en que firmé el contrato.
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