Danea permanecía inmóvil.
No podía moverse. No debía.
El cuerpo de su madre descansaba con una comodidad absoluta, como si el mundo entero hubiese sido reducido a ese sofá. El buen humor de Nía era tan frágil como impredecible, y cualquier gesto mal calculado podía quebrarlo. Rechazar su cercanía, aunque fuera por incomodidad, no se interpretaba como cansancio ni necesidad de espacio, sino como una afrenta. Y las afrentas, en esa casa, siempre tenían consecuencias.
Así que Danea se plegaba sobre sí misma, en posición fetal, como si intentara caber en una versión anterior de su propio cuerpo. Las piernas apretadas contra el pecho, el rostro oculto en el calor sofocante del pecho de su madre, los brazos contenidos, sin saber dónde acomodarse sin invadir o apartarse demasiado. La escena, desde fuera, podía parecer tierna. Desde dentro, era una tensión sostenida.
No siempre había sido así de difícil.
A los ocho años, encajaba sin esfuerzo. A los doce, todavía podía adaptarse.
Pero a los diecinueve, su cuerpo ya no obedecía esa lógica. Había crecido demasiado, heredando la altura de su padre, estirándose hasta un metro con setenta y cinco centímetros que ahora se sentían como un error de cálculo en ese espacio reducido. Permanecer en esa postura más de unos minutos empezaba a doler, a tensar músculos, a exigir pequeños ajustes que no podía permitirse.
No te muevas.
La regla no necesitaba repetirse en voz alta. Vivía en ella, como un reflejo condicionado.
Si te mueves, pierdes.
Pero perder era un concepto elástico. Podía significar un gesto infantil de decepción, un silencio helado… o algo más físico, más directo. Nía nunca establecía límites claros; prefería ese territorio ambiguo donde la duda hacía el trabajo por ella. Danea no tenía intención de descubrir dónde terminaba el juego.
—¿Eres mi bebé?
La voz llegó suave, casi cantada. La mano de Nía descendió sobre su cabello negro, largo, deslizándose con una lentitud estudiada, como si cada caricia fuera también una forma de recordarle su lugar.
Danea respondió sin levantar la cabeza, hundiéndose un poco más contra su cuello, rozando la piel tibia en un gesto que imitaba afecto, o sumisión, o ambas cosas entrelazadas hasta volverse indistinguibles.
—Sí, mami…
La sonrisa de Nía se sintió antes de verse. Sus brazos la rodearon con más firmeza y, con un movimiento natural, la acomodó sobre sus piernas, recolocándola como quien ajusta un objeto preciado. Para Danea, ese cambio fue un breve respiro: pudo estirar la espalda lo suficiente para que el dolor no se volviera insoportable, cruzar ligeramente las piernas en un intento discreto de recuperar circulación.
Eligió la opción que menos se notara.
El dedo índice de Nía comenzó a trazar líneas distraídas sobre su abdomen descubierto, un gesto aparentemente inocente que, sin embargo, la mantenía atada a su atención. En esa casa, el pudor era un concepto decorativo, algo que se dejaba, como las llaves, en la entrada. Hijas de un padre ausente la mayor parte del tiempo, habían crecido bajo reglas distintas, donde la intimidad no era exactamente un derecho, sino una concesión ocasional.
—Mi todo…
El susurro rozó su piel antes que los labios. Un beso en el cuello, luego en la mejilla, seguido de un abrazo que se cerró un poco más, lo suficiente para recordar que no había espacio real para apartarse.
Y era cierto.
Para Nía, ellas lo eran todo.
No en el sentido luminoso de la palabra, sino en uno más denso, más absoluto. No eran solo hijas. Eran extensión, pertenencia, territorio.
Y Nía no era alguien que soltara lo que consideraba suyo.
Una alarma cortó el aire con un timbre limpio, casi quirúrgico. No era un sonido cualquiera: estaba calibrado para atravesar paredes, sueño y distracciones digitales. Danea lo sintió como una puerta que se abría desde dentro.
Nía la soltó de inmediato.
No hubo quejas, ni preguntas. La eficiencia, en ella, no era una virtud sino una ley. Todo debía ocurrir en el momento exacto; lo que no encajaba en ese ritmo, se descartaba.
—No llegues tarde.
Cruzó las piernas con elegancia automática mientras sus ojos ya estaban clavados en la interfaz translúcida de su celular, proyectada apenas sobre la superficie de su retina. Danea la observó desde arriba un instante, como si ese ángulo le permitiera ver algo más que una madre.
Se inclinó y besó su cabeza.
—Te amo, mamá.
—No llegues tarde. Si algo te pasa, no me lo voy a perdonar.
Ahí estaba. El cambio. Sutil, pero nítido.
La Nía del juego se desvanecía y en su lugar quedaba la versión funcional, la madre que operaba con precisión y resultados. Nunca diría «te quiero». Nunca admitiría en voz alta lo que la delataba en los gestos. Pero esa preocupación… era lo más cercano a una confesión que iba a recibir.
Danea se apartó.
La libertad le recorrió el cuerpo como un escalofrío leve, incómodo. Y, al mismo tiempo, algo en su pecho resentía la ausencia: el peso de los brazos, el calor constante, esa presencia que asfixiaba y sostenía a la vez. Era un vacío aprendido, casi necesario.
No conocía otra forma de existir.
Nía había hecho ambas cosas con una precisión impecable: prepararla para separarse… y programarla para necesitarla. Independencia y dependencia, entrelazadas como código redundante.
Danea caminó hacia su habitación.
La puerta se abrió con un reconocimiento silencioso, y el interior la recibió con una penumbra suave iluminada por interfaces flotantes, luces de estado y el pulso tenue de dispositivos en reposo. La cama comunal ocupaba el centro como una isla viva.
Sobre ella, cuatro cuerpos.
Dos de ellos, idénticos en lo esencial y distintos en los detalles que solo ellas sabían leer.
Nadea, la trilliza de en medio. Daniella, la menor.
Desparramadas sin pudor, vestidas con lo mínimo indispensable, llevaban puestos los lentes de inmersión total. Sus ojos estaban sellados tras superficies negras que reflejaban mundos ajenos, universos que nadie más en la habitación podía ver. Sus respiraciones eran tranquilas, sincronizadas de forma imperfecta.
Entre ellas, dos presencias más pequeñas.
Alice, la patita de Nadea, acomodada como si también participara en esa otra realidad. Pinkston Churchill, el pomeranian de Daniella, con su pelaje esponjoso contrastando con la frialdad tecnológica del entorno.
Nadie reaccionó a la llegada de Danea.
Ni un saludo. Ni un gesto.
Era normal.
En esa casa, la convivencia no se medía en palabras ni en atención. Era más simple, más crudo: no interfieras. Existe, pero no invadas.
Danea siguió su camino.
El vestidor se activó al detectar su presencia. Brazos mecánicos descendieron con movimientos suaves, casi elegantes, seleccionando prendas desde compartimentos iluminados. La vistieron con precisión coreografiada: el top deportivo ajustándose a su torso, la sudadera y el pantalón oversize cayendo con holgura calculada, los sneakers encajando con un leve clic magnético.
El maquillaje llegó después. Un delineado limpio, oscuro, exacto. Labial negro aplicado sin error humano.
Quince minutos.
Lista.
La tecnología no solo ahorraba tiempo; eliminaba la duda.
Danea avanzó hacia su escritorio. Allí, su terrario emitía una luz tenue, cálida, con sensores ambientales regulando humedad y temperatura al milímetro.
Se inclinó ligeramente.
Al principio, parecía vacío.
Luego lo vio.
Una forma semienterrada en el sustrato, apenas una cabeza asomando como una piedra mal colocada. Dos ojos negros, brillantes, sin profundidad aparente, reflejaron su silueta.
Señor Aguacate.
La rana de lluvia emergió con un esfuerzo torpe, impulsándose con sus patas cortas, casi ridículas, como si alguien las hubiera diseñado sin terminar el trabajo. Su cuerpo, una masa carnosa de unos treinta centímetros de diámetro, liso, húmedo, indefinible en su geometría, vibraba levemente con cada respiración.
Danea lo tomó con cuidado.
El contacto era tibio, blando, extrañamente reconfortante.
Lo colocó frente a un pequeño espejo adaptado a su tamaño y comenzó a probarle sombreros: uno tras otro, como si aquel ritual tuviera un propósito secreto. Gorros, viseras, miniaturas absurdas que contrastaban con esa anatomía improbable.
Señor Aguacate no reaccionó. Nunca reaccionaba.
Solo observaba con esos ojos vacíos mientras su papada subía y bajaba en un ritmo irregular, casi hipnótico.
—Perfecto. Mira qué guapo estás.
Finalmente, eligió una gorra urbana, alineada con su propio estilo. Danea asintió para sí misma y lo acomodó sobre su hombro, donde el batracio se asentó con una quietud obediente.
Los post-its holográficos flotaban sobre el tocador, parpadeando suavemente.
Dos mensajes.
“Cigarros de frutos rojos.
-Naddy”.
“Se me acabaron las gominolas.
-Danny”.
Danea los leyó sin detenerse demasiado. No hacía falta. Los guardó en la memoria como quien archiva instrucciones básicas.
Se giró hacia la salida.
No miró atrás.
Nunca lo hacía.
Porque en esa casa, la regla no escrita seguía intacta, latiendo entre cables, cuerpos y silencios:
No estorbes con tu presencia. Solo vive… y deja vivir.
Caminar por Lustron era avanzar dentro de una máquina que nunca se apagaba.
Las calles brillaban con una vida propia, alimentadas por neones líquidos que corrían como venas abiertas entre casinos y hoteles siempre activos. Fachadas enteras mutaban de forma para anunciar ofertas, experiencias, excesos. Las puertas se abrían antes de que alguien decidiera cruzarlas, los sistemas de reconocimiento anticipaban deseos con una precisión inquietante.
Y, por encima de todo, ella.
El rostro de Nía.
Pantallas gigantes la proyectaban con una nitidez casi invasiva: sonrisas calculadas, mensajes que hablaban de orden, de progreso, de pertenencia. No importaba hacia dónde mirara Danea, siempre encontraba esos ojos devolviéndole la mirada, recordándole que la ciudad no era solo un lugar… era una extensión.
Su extensión.
Lustron no dejaba olvidar.
Danea caminaba con naturalidad aprendida, Señor Aguacate acomodado sobre su hombro como un accesorio improbable. La rana permanecía inmóvil, su cuerpo húmedo absorbiendo la luz artificial, la pequeña gorra urbana perfectamente colocada sobre su cabeza redondeada. De vez en cuando, su papada vibraba en ese ritmo errático que parecía desconectado del resto del mundo, como si habitara una frecuencia distinta.
A su alrededor, la gente reaccionaba.
No de forma exagerada. No había murmullos escandalosos ni gestos torpes. Era algo más sutil, más profundo. Las miradas se desviaban apenas para reconocerla y luego se retiraban con respeto, como si sostener el contacto demasiado tiempo fuera una falta de etiqueta.
Civiles. Turistas. Trabajadores con implantes visibles parpadeando en sus sienes.
Todos sabían quién era.
Y todos actuaban en consecuencia.
Una pareja se apartó lo justo para dejarle paso sin interrumpir su conversación. Un grupo de visitantes redujo la velocidad de su andar, bajando la voz sin darse cuenta. Un empleado de hotel inclinó ligeramente la cabeza, un gesto mínimo pero cargado de significado.
No era miedo.
O no únicamente.
Había algo más complejo en esa reacción, algo que Danea reconocía sin necesidad de analizarlo: una devoción tranquila, casi orgánica. En Onamuh, el nombre Enoshima no solo imponía; organizaba. Era una idea incrustada en la cultura, en la forma en que la ciudad respiraba y se movía.
Control, sí.
Pero también fe.
Danea lo sentía en cada paso, como una corriente invisible que la rodeaba. No necesitaba escoltas ni advertencias. Nadie iba a tocarla, ni siquiera a acercarse demasiado. No por temor a lo que Nía pudiera hacer… sino porque, en el fondo, nadie deseaba contrariar ese orden.
Se ajustó ligeramente la sudadera, más por hábito que por incomodidad.
Había días en los que ese peso se sentía como protección.
Otros, como una jaula perfectamente diseñada.
Señor Aguacate infló apenas su cuerpo, como si respondiera a un estímulo que nadie más percibía. Danea lo rozó con los dedos, un gesto automático, casi íntimo.
La rana no reaccionó, como siempre. Solo permaneció ahí, observando el mundo con sus ojos negros, insondables, mientras Lustron seguía desplegándose a su alrededor como un espectáculo que nunca terminaba.
Y Danea, en medio de todo, avanzaba.
Libre… dentro de los límites que no había elegido.
Llegaron a un punto de la ciudad donde Lustron parecía equivocarse a propósito.
La opulencia seguía ahí, latiendo a unos metros, pero aquel local no competía con ella. No había pantallas gigantes ni neones que gritaran ofertas; en su lugar, una fachada discreta, casi tímida, absorbía la luz en vez de reflejarla. La madera del letrero, real o cuidadosamente replicada, sostenía un nombre que no necesitaba imponerse:
Velarium.
Era un silencio en medio del ruido.
Danea se detuvo frente a la entrada y notó el cambio en su propio cuerpo antes de pensarlo. Los hombros descendieron apenas, como si alguien hubiera reducido la gravedad solo para ella. Su sonrisa apareció sin esfuerzo, acentuada por el labial oscuro que contrastaba con la calidez del lugar.
Señor Aguacate también pareció ceder. Su masa blanda se acomodó con mayor docilidad sobre su hombro, como si el ambiente húmedo y tibio del interior filtrándose por la puerta le resultara familiar.
O quizá era solo una ilusión compartida.
Entró.
El contraste con el exterior no era total, pero sí intencional. Había tecnología, claro: sistemas de pedido integrados en las mesas, sensores de temperatura invisibles, interfaces proyectadas con una suavidad que evitaba la intrusión. Pero todo estaba contenido, domesticado. La luz era cálida, casi analógica. El murmullo de la maquinaria se disolvía entre el sonido real de tazas, vapor y pasos.
Aquel lugar había existido antes de que Lustron se volviera lo que era.
Su madre también.
Velarium era una de sus primeras inversiones, cuando el exceso todavía no definía su nombre. Una cafetería de barrio que había sobrevivido gracias a ella… y que luego le perteneció. Ahí, Nía había sido barista. Ahí, las tres habían sido niñas sentadas en silencio, mirando.
Danea avanzó unos pasos, dejando que la memoria se acomodara sola.
La silla seguía ahí.
No era especial para nadie más. Una más entre tantas. Pero para ella conservaba la forma exacta de los días en que se sentaba a observar, sin comprender del todo a esa mujer que se movía detrás de la barra con una precisión distinta, más ligera, menos absoluta.
Pensó en la maltea de Oreo.
Debería pedir una al volver.
La idea apareció con una nostalgia suave, sin peso.
Señor Aguacate giró levemente la cabeza, sus ojos negros reflejando la silla como si intentara procesar algo que no le pertenecía. Tal vez recordaba el momento en que entró a su vida. Tal vez no recordaba nada en absoluto.
Con él, siempre era imposible saberlo.
Pero el destino de Danea no estaba en la superficie.
Descendió.
Siete escalones.
El ruido de Lustron terminó de apagarse con cada paso, como si alguien bajara el volumen de la ciudad. Al final, una puerta que no invitaba a cruzarla. Madera envejecida, herrajes simples, un letrero barnizado que parecía más una advertencia que una marca:
Subnivel 7 Introvert Club.
Sin guardias. No hacían falta.
Un código QR flotó frente a su campo visual al acercarse, proyectado por un emisor oculto. Lo validó sin detenerse. La puerta cedió con un clic discreto.
El interior se abrió en una sala amplia, contenida en tonos bajos. La iluminación era tenue, diseñada para no invadir. Al fondo, una cabina pequeña albergaba a un DJ que no buscaba protagonismo. Mezclaba pistas de baja definición, texturas sonoras más que canciones, manteniendo un pulso constante que evitaba el silencio absoluto sin imponer ritmo.
Nadie bailaba.
Nadie animaba.
No era ese tipo de lugar.
A la izquierda, una barra modesta sostenía un letrero apenas iluminado: Tea and Coffee bar. Las mesas cercanas estaban ocupadas por cuerpos relajados, algunos conversando en voz baja, otros simplemente existiendo. La oferta no se limitaba a la cafetería de arriba; había combinaciones exclusivas, bebidas diseñadas para prolongar estados, no para alterarlos.
A la derecha, las mantas holográficas.
Grises, simples a primera vista. Pero al desplegarse, generaban entornos completos de inmersión sensorial. No escapabas del mundo: lo reemplazabas por uno más tolerable durante un rato. Varias personas yacían cubiertas por ellas, respirando lento, ausentes sin desaparecer del todo.
El aire mezclaba aromas con una sutileza calculada: té, café, un rastro de tabaco y vapor dulce de cigarrillos electrónicos. De vez en cuando, un ladrido rompía la calma, breve, casi amortiguado. El lugar era pet friendly, y eso incluía presencias que no siempre encajaban con la estética humana.
Señor Aguacate infló ligeramente su cuerpo, como si probara la densidad del ambiente. Su piel húmeda capturaba la luz tenue, devolviéndola en un brillo opaco. Permaneció en su sitio, pero su quietud no era la misma que afuera; aquí parecía… adecuada.
Danea recorrió el espacio con la mirada.
No había tensión en la gente. Tampoco entusiasmo. Era otra cosa: una tregua.
Ese lugar existía por ella.
O, al menos, eso era lo que le habían dicho.
Nía lo había creado para darle un espacio donde convivir sin la presión del mundo exterior, cuando socializar era un esfuerzo constante. Fue pionera en algo que después se replicaría por todo el país: clubes para introvertidos, refugios diseñados para quienes no encajaban en el ruido.
Pero Danea conocía a su madre.
Sabía que nunca era solo eso.
Ayudarla había sido parte del motivo, sí. Pero también lo había sido entender a un sector entero, capturarlo, ofrecerle un espacio… y, al mismo tiempo, integrarlo a su sistema.
Incluso aquí, en el lugar más silencioso de Lustron, Nía seguía presente.
No en pantallas.
No en anuncios.
Sino en la estructura misma del refugio.
Danea avanzó unos pasos más hacia el interior, con Señor Aguacate asentado sobre su hombro como un testigo improbable, y por un momento, solo por un momento, el peso de la ciudad dejó de sentirse tan inmediato.
Se sentó en una de las sillas altas frente a la barra y, apenas su peso se acomodó, el sistema de pedido se desplegó ante ella como una capa translúcida sobre la realidad. No era invasivo; flotaba a la altura justa, siguiendo el movimiento de sus ojos más que de sus manos. Danea navegó entre secciones con pequeños gestos, desplazando listas que respondían con una suavidad casi orgánica.
Bebidas calientes.
Seleccionó sin dudar:
Té Oolong con L-teanina. Dos cucharadas de azúcar. Extra: jugo de mandarina. Temperatura: caliente. Tamaño: mediano.
El sistema registró cada elección con pulsos de luz discretos. Bajó un poco más.
Tabacos naturales.
Cigarrillo de frutos rojos.
Confirmó. Una nueva capa se abrió, más sobria.
Por favor, confirme momento de consumo.
Eligió consumo en local.
En algún punto detrás de la barra, invisible pero cercano, el pedido se integró al flujo de trabajo. No hubo voces, ni repeticiones en voz alta. Solo el leve cambio en la postura del barista al recibir la orden en su terminal.
Entonces, un sonido pequeño, húmedo, casi eléctrico, rozó su oído.
Danea giró apenas la cabeza.
Señor Aguacate la observaba desde su hombro, inmóvil como siempre, pero con esa cualidad inexplicable que lograba transmitir una intención sin moverse. Sus ojos negros, vacíos y brillantes, parecían reclamar atención.
Aquí estoy.
No me olvides.
Danea lo tomó con cuidado y lo colocó sobre la barra. El sistema reaccionó de inmediato: una pequeña silla emergió desde la superficie, adaptándose a su tamaño con una precisión casi absurda. El batracio se acomodó en ella sin resistencia, su cuerpo expandiéndose ligeramente al contacto con el material templado.
Danea volvió a la interfaz.
Esta vez, la sección de mascotas.
Anfibio.
Grillos secos.
La orden se ejecutó al instante. Una delgada tubería metálica descendió desde el techo con un zumbido suave, dispensando un pequeño plato que se llenó con los insectos en cuestión. Señor Aguacate reaccionó con una lentitud constante, proyectando su lengua de forma casi mecánica, capturando cada grillo sin alterar su expresión.
Su papada vibraba en ese ritmo irregular que parecía ignorar el tiempo del resto del mundo.
Danea desvió la mirada.
Mientras él comía, ella desplegó su material de estudio. No necesitaba libros físicos; la información se proyectó directamente en su campo visual, organizada en capas que podía reorganizar con un parpadeo. Diagramas celulares, rutas metabólicas, patrones de mutación.
Cáncer.
Oncología.
No era solo una especialidad. Era un territorio que exigía precisión absoluta. Y fallar no era una opción, no en su caso.
No con Nía.
La voz de su madre no necesitaba estar presente para imponerse.
No puedes reprobar la materia donde tienes a la profesora veinticuatro horas al día, siete días a la semana en casa. Si no preguntas dudas, eres imbécil.
Danea ajustó la posición de la información, enfocándose en un esquema de proliferación celular descontrolada. Subrayó mentalmente conceptos, repitió términos en silencio, construyendo una estructura que no podía permitirse olvidar.
—Su té, mi señorita.
La voz llegó con el volumen justo para no romper el ambiente.
—Gracias.
Apenas levantó la vista.
El vaso de cartón alto llevaba el logo de Velarium impreso con discreción. A su lado, un pequeño plato sostenía el cigarrillo enrollado a mano, acompañado por un par de galletas de vainilla incluidas como gesto habitual del lugar.
Todo en orden. Todo exacto.
Danea tomó el vaso y dio un sorbo.
El calor fue inmediato, equilibrado con la acidez ligera de la mandarina. No era una bebida diseñada para impresionar, sino para sostener.
Volvió a su estudio.
Las células seguían dividiéndose en su campo visual, obedeciendo y desobedeciendo reglas que ella debía comprender mejor que nadie. Afuera, Lustron continuaba su espectáculo interminable.
Aquí abajo, en cambio, el tiempo se contraía.
Señor Aguacate terminó de comer y permaneció en su pequeña silla, inmóvil, observando nada y todo al mismo tiempo.
Danea no apartó la vista de su lección.
No podía fallar en aquello que, tarde o temprano, definiría lo que haría con los cuerpos de otros.
Y con el suyo propio.
Permaneció así varios minutos.
El té seguía desprendiendo vapor delgado mientras el calor se expandía poco a poco por su pecho y sus brazos, una sensación suave que contrastaba con el aire templado del Subnivel 7. Con el paso del tiempo, la sudadera empezó a sentirse pesada, innecesaria, como si estuviera reteniendo un calor que ya no hacía falta.
Danea terminó por suspirar y guardó el material de estudio con un gesto automático. Las proyecciones desaparecieron de su campo visual y el silencio del club volvió a ocupar su lugar natural.
Se quitó la sudadera.
La dejó doblada sobre la barra. Su abdomen quedó al descubierto, contenido solo por el sujetador deportivo negro que llevaba debajo. Nadie en el lugar parecía prestar atención; en Subnivel 7 el pudor era una variable flexible. Cada quien ocupaba su pequeño territorio sin invadir el de los demás.
Tomó otro sorbo de té.
Mientras lo hacía, su mirada se desplazó hacia el plato donde habían quedado las galletas de vainilla.
Y allí estaba.
Señor Aguacate se había movido.
La rana avanzaba lentamente hacia el plato con esa determinación silenciosa que parecía ignorar las limitaciones de su propio cuerpo. Sus patas cortas empujaban el peso de su forma redondeada con una paciencia casi absurda.
Justo cuando alcanzó el borde del plato, levantó la vista.
Danea lo estaba mirando.
El batracio se congeló de inmediato.
Se quedó completamente inmóvil, como si la quietud absoluta pudiera volverlo invisible.
Danea apartó la mirada con un gesto teatral, observando la pared del fondo como si hubiera descubierto algo mucho más interesante.
Un segundo después, la rana volvió a moverse.
Ella volvió a mirarlo.
Se detuvo otra vez.
La escena se repitió una tercera vez antes de que Danea dejara escapar una pequeña risa. Rompió un trozo de galleta con la uña y lo acercó a él.
—Ten, sé feliz.
Señor Aguacate aceptó el pedazo con la misma falta de ceremonia con la que hacía todo. Lo sujetó con su boca ancha y regresó hacia su pequeña silla con una rapidez sorprendente para un animal que parecía hecho de gelatina.
Su expresión seguía siendo la misma de siempre: ojos negros, redondos, sin emoción visible.
Pero sus patas se movían con una energía poco habitual mientras regresaba a su sitio.
Si aquello no era felicidad, al menos se parecía bastante.
Danea encendió su cigarrillo.
La primera calada llenó su boca con el sabor dulce de frutos del bosque. El humo era suave, casi cremoso. Exhaló lentamente, dejando que el aroma se mezclara con el olor permanente a té y café del club.
No tenía prisa.
Mientras fumaba, volvió a abrir la interfaz de pedidos flotante y buscó en la sección de tabacos. Añadió un par de cigarrillos más para llevar.
Para Danny.
Luego descendió hasta los snacks recreativos.
Frunció el ceño.
Las gominolas de THC estaban agotadas.
Bufó.
Sacó el teléfono y marcó el número sin siquiera llevarlo al oído. El sonido de la llamada vibró directamente dentro de su oído interno gracias al implante.
Un tono.
Otro.
La voz de Daniella apareció al otro lado.
—¿Qué quieres, Alejandra?
—Te dije que no me llames así. Ya no hay gomitas. ¿Quieres otra cosa? Habla.
Hubo unos segundos de silencio. A la distancia se escuchó el graznido de Alice, la pata de su hermana.
Danea giró la cabeza.
Señor Aguacate estaba intentando trepar por el vaso de té.
Sus patas resbalaban contra el cartón.
Rana tonta.
Pensó con una ternura automática.
—Mamá tiene guardia en el hospital —continuó Daniella—. Acaba de irse. Por cierto, ni siquiera recuerda que te largaste.
Danea apoyó el codo sobre la barra.
—Eso quiere decir que tenemos vía libre para la cena —añadió su hermana.
Las dos sabían que, en realidad, Nía llevaba años sin vigilar lo que comían. Pero el ritual de anunciar libertad seguía existiendo.
—Trae esos sándwiches que nos gustan —dijo Daniella—. Veremos una película cuando vuelvas.
—Como quieras —respondió Danea—. Que no te maten de regreso. Chau.
La llamada se cortó.
Danea exhaló humo y miró a su alrededor.
—Tenemos tiempo libre, Aguacate… ¿Aguacate?
Cuando giró la cabeza hacia la barra, la silla del anfibio estaba vacía.
Parpadeó.
Miró a la izquierda.
A la derecha.
¿Cómo una rana de lluvia podía desaparecer así? Aquello desafiaba incluso las expectativas biológicas más generosas.
Entonces lo vio.
Señor Aguacate avanzaba por el extremo de la barra con una velocidad sorprendente, sus patas empujando su cuerpo redondo en lo que parecía el sprint más ambicioso de su vida.
Danea se levantó, lo alcanzó en dos pasos y lo recogió con cuidado, procurando no acercar demasiado el cigarro.
El anfibio soltó un pequeño chillido al sentirse atrapado.
—Dios… ¿qué voy a hacer contigo? ¿Qué, ya no me quieres? Eso me pasa por darte azúcar, jovencito.
Lo levantó a la altura de su rostro.
La rana la miró con la misma indiferencia cósmica de siempre.
—Por supuesto que me quieres —continuó ella—. Me necesitas para seguir vivo.
Lo acomodó otra vez sobre su hombro.
Señor Aguacate se dejó caer allí como una masa blanda, expandiéndose ligeramente hasta encontrar una posición cómoda.
—En fin… —dijo Danea mientras apagaba el cigarrillo—. Mamá no está y no tenemos que volver todavía. ¿Qué quieres hacer?
La rana no respondió, claro.
Solo se acomodó más sobre su hombro, como si aquel fuera el lugar natural del mundo.
Danea sonrió apenas.
—Suena bien.
Y, de alguna forma que no necesitaba explicación, ambos parecían estar completamente de acuerdo.
Ordenó los sándwiches desde la interfaz de la barra, especificando que, al igual que los cigarrillos de Danny, los recogería al salir del local. La confirmación apareció frente a ella con un destello breve antes de archivarse en su perfil de cliente.
Luego cerró la pantalla flotante.
Tomó su sudadera y la sostuvo entre los brazos. Señor Aguacate seguía acomodado en su hombro como una pequeña masa tibia y húmeda que respiraba con calma. Desde allí observaba el mundo con sus ojos negros e inexpresivos.
Danea caminó hacia el área de mantas holográficas.
El sector estaba delimitado por una iluminación tenue y una barra secundaria donde un encargado supervisaba el sistema de alquiler. Detrás de él, una pared de paneles translúcidos almacenaba decenas de mantas plegadas con precisión industrial. Cada una contenía microproyectores, sensores de presión y generadores de entorno sensorial capaces de envolver por completo a quien la usara.
—Buenas noches. Una manta, por favor.
El encargado levantó la vista y le dedicó una sonrisa amable, casi cómplice.
—Claro que sí, mi señorita.
Giró ligeramente sobre su silla y deslizó las manos por un teclado holográfico que flotaba frente a él. El sistema registró la renta en cuestión de segundos.
—Tiempo estándar de una hora —explicó mientras confirmaba la transacción—. Puede renovar hasta tres veces si lo desea.
La interfaz proyectó el contrato mínimo en el aire. Danea lo aceptó con un gesto rápido.
El encargado tomó una de las mantas del panel y la colocó sobre el mostrador antes de mirarla otra vez.
—¿Tiene algún escenario en mente hoy o será el de siempre?
Danea se quedó pensativa unos segundos.
—¿Qué escenarios hay disponibles?
El hombre pareció entusiasmarse.
—Oh, señorita Danea, el software nuevo es una maravilla. Acaban de instalar siete entornos adicionales. Pero si me permite una recomendación personal…
Se inclinó un poco hacia el mostrador, bajando la voz como si compartiera un secreto.
—La casa subterránea. Es una vivienda moderna construida bajo tierra. El sistema reproduce el sonido de corrientes minerales, pequeños derrumbes lejanos, raíces moviéndose… una mezcla muy relajante. Naturaleza, pero sin cielo ni viento. Es una sensación distinta.
La mirada de Danea se iluminó.
Podía imaginarlo con facilidad: un refugio enterrado, lejos de las pantallas, de las calles, de los ojos de su madre proyectados en cada esquina de Lustron.
—Me gusta —dijo—. Tomo ese.
El encargado asintió satisfecho y activó la programación de la manta.
El tejido gris emitió un breve pulso de luz mientras cargaba el entorno.
Con la manta en brazos, Danea decidió mejorar un poco más la experiencia. Caminó hacia el módulo de habitaciones privadas, donde una terminal discreta gestionaba los espacios disponibles.
Seleccionó una.
Costo adicional: 20 reils por hora.
El sistema aceptó el pago y proyectó la ruta hasta la habitación asignada.
El cuarto era sencillo, pero cómodo. Una cama individual ocupaba el centro, equipada con soportes diseñados para mantener la manta holográfica estable durante la simulación. A un lado había auriculares de inmersión profunda, una mesa baja con superficie táctil, un televisor empotrado en la pared y un pequeño armario para dejar pertenencias. Al fondo, una ducha compacta completaba el espacio.
Nada lujoso.
Pero tampoco lo necesitaba.
Para Danea, aquellas habitaciones eran pequeños oasis escondidos bajo la ciudad. Más de una vez había terminado allí después de largas prácticas en el hospital, demasiado agotada para regresar a casa y enfrentar la presencia constante de su madre.
Subnivel 7 funcionaba las veinticuatro horas por una razón muy simple.
La introversión no descansaba.
A veces lo único que una persona necesitaba era un lugar donde existir en silencio durante un rato.
Señor Aguacate descendió lentamente de su hombro hacia la cama, acomodándose en el colchón como si aquel territorio también le perteneciera.
Danea dejó la manta sobre los soportes y cerró la puerta detrás de sí.
Por primera vez en todo el día, el mundo parecía dispuesto a quedarse afuera.
Dejó la sudadera caer al suelo con la naturalidad de quien ya ha decidido que ese espacio le pertenece por un rato. Luego se quitó los zapatos y los empujó con el pie hacia un lado de la cama. El pantalón siguió el mismo destino. Cuando terminó, se quedó únicamente con la ropa interior y el sujetador deportivo, suficiente para sentirse cómoda en aquel refugio temporal.
Se colocó los auriculares y comprobó que la manta holográfica estuviera correctamente fijada a los soportes de la cama. Los microanclajes brillaban con pequeños indicadores verdes, señal de que el sistema estaba listo.
Satisfecha, tomó a Señor Aguacate entre las manos.
La rana permanecía tan tranquila como siempre, con su expresión eternamente neutra, como si el concepto de sorpresa o preocupación simplemente no existiera en su mundo interior.
Danea se recostó y lo acomodó sobre su pecho.
El pequeño cuerpo del anfibio subía y bajaba suavemente con su respiración.
Apagó las luces de la habitación.
Durante unos segundos todo quedó sumido en una oscuridad tranquila, apenas interrumpida por el tenue zumbido del sistema de la manta preparándose para ejecutarse.
Entonces tiró del tejido tecnológico y se cubrió por completo.
La manta selló los bordes con un susurro casi imperceptible.
Iniciando proyección.
Un destello suave cruzó la tela.
Y el mundo cambió.
La oscuridad se transformó lentamente en un espacio amplio y silencioso. La cama desapareció bajo la simulación y en su lugar apareció el interior de una casa moderna construida bajo tierra.
Las paredes eran de hormigón pulido mezclado con vetas minerales que brillaban débilmente con tonos ámbar y verde profundo, como si la propia tierra respirara luz desde dentro. No había ventanas hacia el exterior; en su lugar, largos paneles de vidrio reforzado mostraban cortes del terreno circundante. A través de ellos podían verse capas de suelo, raíces gruesas que atravesaban la tierra y pequeñas corrientes subterráneas que se deslizaban lentamente entre rocas antiguas.
El techo era alto y curvo, sostenido por vigas discretas que imitaban la forma de raíces gigantes. Desde allí colgaban luminarias cálidas que imitaban la luz de una tarde perpetua, ni demasiado brillante ni demasiado tenue.
El sonido era lo que realmente daba vida al lugar.
Un murmullo constante recorría el ambiente: el roce lejano de agua filtrándose entre piedras, el crujido ocasional de la tierra acomodándose sobre la estructura, el tenue desplazamiento de raíces vivas que buscaban humedad en la oscuridad. Era un paisaje sonoro profundo, antiguo, como si la casa hubiera sido enterrada durante siglos.
El aire tenía incluso una textura distinta. Fresco, ligeramente húmedo, con ese aroma mineral que aparece después de una lluvia larga.
Danea respiró hondo.
Señor Aguacate seguía sobre su pecho, observando el nuevo mundo con la misma expresión imperturbable de siempre. Sin embargo, tras unos segundos, movió lentamente una de sus patas delanteras, como si evaluara el territorio invisible que ahora los rodeaba.
Para el sistema, ambos cuerpos seguían sobre una cama en una habitación del subnivel 7.
Pero la ilusión era perfecta.
Danea se hundió un poco más en el colchón mientras contemplaba el techo curvo de la casa subterránea. La sensación de estar protegida por toneladas de tierra resultaba extrañamente reconfortante. Allí abajo no existían pantallas gigantes, ni el rostro de su madre vigilando la ciudad, ni la presión constante de un apellido demasiado pesado.
Solo roca.
Solo silencio.
La rana se acomodó mejor sobre su pecho, extendiendo las patas como si hubiera decidido que aquel lugar también le agradaba.
Danea sonrió apenas.
—Supongo que a ti también te gusta —murmuró.
Señor Aguacate no respondió, por supuesto.
Pero tampoco parecía tener ninguna prisa por irse.
Los audífonos se enlazaron con su teléfono y la lista de reproducción comenzó a correr con ese zumbido imperfecto de música japonesa en baja definición. Las pistas tenían un grano extraño, como si vinieran de otra década o de otro mundo. A Danea siempre le había gustado así. Cuando necesitaba desconectar, aquella música difusa era lo más cercano a apagar el ruido del mundo.
Bajo su mano sintió la piel suave de su propio muslo y lo acarició distraídamente. Giró un poco la cabeza hacia la derecha. Allí, en la proyección de la manta, se alzaba lo que parecía una pequeña chimenea natural excavada en la roca, de la que escapaban hilos de vapor tibio. Más allá, contra la pared de piedra, un refrigerador compacto y una encimera minimalista completaban la ilusión de una vivienda subterránea habitable. Todo estaba bañado por una luz cálida que parecía filtrarse desde alguna grieta lejana de la tierra.
Volvió entonces la mirada hacia su pecho.
Señor Aguacate había cerrado los ojos.
Durante un instante su corazón se tensó. El batracio ya era viejo, y su cuerpo amorfo permanecía inmóvil sobre ella como una piedra húmeda. Pero al fijarse mejor, notó cómo su papada seguía inflándose y desinflándose con lentitud. Respiraba.
Danea dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Entonces comenzó otra canción.
Las primeras notas flotaron en sus audífonos como si llegaran desde el fondo de un túnel, y su mente no viajó a ningún lugar fantástico ni a ninguna fantasía proyectada por la manta. Fue mucho más simple que eso. Regresó a un recuerdo.
A su infancia.
Cuando tenía nueve años, su madre todavía era alguien distinto. No el mito tatuado que la ciudad veneraba. No la figura gigantesca que ahora dominaba las pantallas de Lustron.
Era, simplemente, su madre.
En aquel tiempo el Subnivel 7 aún olía a nuevo. El sistema de mantas holográficas acababa de abrir y los anuncios prometían mundos íntimos para gente que necesitaba silencio. Aquella noche habían alquilado una habitación muy parecida a esta.
Nía tenía veinticuatro años entonces.
Todavía no llevaba el cuerpo cubierto de tinta. Solo dos tatuajes: uno sobre el pecho izquierdo y otro en el muslo, también del lado izquierdo. Sus brazos estaban limpios, su cuello aún no era el mapa de símbolos que más tarde sería.
Danea recordaba bien cómo se veía.
También recordaba cómo se sentía ella.
Llevaba un pijama de pequeñas ranas verdes. Sus rodillas estaban dobladas contra el pecho y su mirada era opaca, como si el mundo hubiera decidido dejarla afuera.
Nía lo entendió sin que hiciera falta explicarlo.
La envolvió con sus brazos.
—¿Por qué no tengo amigos, mami? —preguntó la niña con una voz tan sencilla que todavía dolía recordarla.
El silencio de su madre duró apenas un segundo, pero en ese segundo luchó por no quebrarse.
—Yo soy tu amiga.
Luego la apretó un poco más contra su pecho.
—Mi mejor amiga.
En el presente, Danea levantó el antebrazo hasta cubrirse los ojos. Señor Aguacate movió una de sus patas torpemente mientras el recuerdo seguía desarrollándose.
Nía tomó entonces una pequeña caja de cartón que había traído consigo. Tenía agujeros irregulares en la tapa.
—¿Para mí?
Nía asintió.
La niña abrió la caja con cuidado, usando sus pequeñas manos, sin imaginar lo que encontraría dentro.
Cuando vio al animal, sus ojos grises brillaron.
En ese entonces la rana tenía quizá tres años, tal vez menos. Su cuerpo ya era ancho y amorfo, pero más pequeño que ahora. La piel oscura y húmeda parecía demasiado grande para él.
Señor Aguacate los miró a ambos con la misma expresión inexpresiva que había mantenido toda su vida.
—Hola —dijo la niña con timidez—. Me llamo Danea. ¿Quieres ser mi amigo?
Dudó antes de tocarlo.
La rana también dudó antes de moverse.
Pero al final permitió que aquellas manos pequeñas lo levantaran.
Era una rana fea. Una de esas que la gente evita incluso mirar. La habían visto días antes en una tienda de mascotas, sola en un pequeño terrario.
Danea se había identificado con ella de inmediato.
Estaba sola.
Igual que ella.
Nía besó la frente de su hija mientras la niña sostenía al animal.
—La gente de esta ciudad no entiende a las ranas —dijo suavemente—. Tampoco a nosotras.
El recuerdo se quebró allí.
En el presente, bajo la manta holográfica, el pecho de Danea comenzó a temblar. Los sollozos escaparon sin permiso.
Odiaba en lo que su madre se había convertido.
Pero odiaba todavía más saber por qué lo había hecho.
Todo ese poder. Todo ese control. Todo ese monstruo en el que Nía se transformó.
Para que ella creciera a salvo.
Señor Aguacate despertó cuando la escuchó llorar.
Con su torpeza habitual comenzó a moverse sobre su pecho. Sus patas cortas resbalaron primero por el valle de su cuello y luego se acomodó bajo su barbilla, hundiéndose contra su papada tibia como si buscara refugio.
O como si estuviera intentando dárselo.
La rana emitió un chillido corto.
Ese pequeño sonido que Danea había aprendido a entender con los años.
No llores.
Estoy aquí.
Y así se quedaron.
La música flotando en los audífonos.
La casa subterránea respirando alrededor de ellos.
Y la rana más rica del mundo, vigilando el sueño de su única amiga.
Abrió los ojos.
El escenario había cambiado. Ya no estaba en la casa subterránea de la simulación. Ahora la proyección mostraba una cabaña de madera rodeada por un bosque húmedo, probablemente inspirado en algún paisaje del norte de Estados Unidos. A través de las ventanas se filtraba una luz gris de amanecer entre árboles altos, y el sonido lejano de aves formaba parte del ambiente que la manta reproducía con precisión.
Su boca sabía a carne y especias. Señal de que, en algún momento entre recuerdos y sueño, había comido los sándwiches que prometió llevar consigo.
Bajó la mano derecha.
Sintió piel.
La rodilla desnuda de su hermana Nadea descansaba contra su cadera. Danea giró la cabeza y la encontró acurrucada en su hombro, dormida con una expresión tranquila que pocas personas tenían el privilegio de ver. Su respiración era lenta, pesada de sueño.
La mano de Danea descendió un poco más por reflejo. Alice, el pato, levantó la cabeza al sentir el movimiento y se acercó con naturalidad para recibir la caricia. Sus plumas eran tibias.
Luego movió la mano izquierda.
Allí estaba el muslo de Daniella, cálido bajo la tela de su short. Sus dedos también rozaron el pelaje suave de Pinkston Churchill, el pequeño pomeranian que descansaba enrollado cerca de sus piernas.
Danea giró la mirada.
Daniella no estaba dormida. Sostenía el celular frente a su rostro, la pantalla iluminándole los ojos en la penumbra del cuarto. Cuando notó que Danea la miraba, le devolvió una sonrisa pequeña, de esas que no hacen ruido pero dicen bastante.
Entonces Danea miró al frente.
Señor Aguacate estaba allí.
La observaba fijamente sobre su pecho, inmóvil como una estatua húmeda. No llevaba su pequeña gorra. Probablemente estaba guardada en el armario junto al resto de la colección ridícula que le habían comprado con los años.
La rana la vigilaba.
—Estoy bien… —murmuró Danea, apenas moviendo los labios.
Solo entonces el batracio cerró los ojos, satisfecho.
Danea tardó un momento en comprenderlo.
Estaba en su casa.
No sabía exactamente cómo había llegado allí. Quizá alguien fue por ella al Subnivel 7. Quizá simplemente la habían cargado mientras dormía.
Pero había llegado.
—¿Hice una tontería? —preguntó finalmente.
—No —respondió Daniella con voz baja—. Pero llegaste un poco disociada.
Nadea ni siquiera abrió los ojos al intervenir.
Primero dudó un segundo. Sus manos se tensaron ligeramente sobre la sábana, como si estuviera pensando si debía decir algo más. Luego inclinó la cabeza y le dio un beso en la mejilla a Danea.
El gesto la tomó por sorpresa.
—¿Cuándo vas a entender que no puedo perder a mis únicas amigas?
Danea las acomodó un poco mejor contra su cuerpo, rodeándolas con cuidado. Una sonrisa tímida apareció en su rostro.
En ese momento escucharon pasos suaves en el pasillo.
Las tres se miraron.
No hicieron falta palabras.
Era su madre.
Los pasos entraron en la habitación con la discreción de alguien acostumbrado a moverse de noche. Pudo sentirse el leve hundimiento del colchón cuando se sentó a un lado de la cama.
Ninguna habló. Tal vez solo estaba haciendo uno de sus rondines nocturnos después de salir de guardia.
La voz de Nía llegó tranquila, más baja de lo habitual.
—Las probabilidades de que tres personas me importaran tanto eran bajas.
Hubo un breve silencio.
—Y aun así ocurrió.
Se inclinó hacia ellas.
Primero sobre Danea.
Luego sobre Nadea.
Después sobre Daniella.
Un beso en cada frente.
—Las quiero.
Se levantó sin hacer ruido.
Los pasos salieron de la habitación tan silenciosos como habían entrado.
Las tres permanecieron allí, juntas, mientras el cansancio volvía a caer sobre ellas como una manta tibia.
Danea había querido escapar del mundo. De la rutina. De lo que significaba llevar el apellido Enoshima.
Pero mientras el sueño regresaba y el peso de sus hermanas descansaba contra su cuerpo, pensó que quizá no era tan terrible.
Si de vez en cuando el mundo le regalaba momentos como ese.
