La habitación parecía tranquila: luz filtrada por las persianas, una manta olvidada y un vaso sobre la mesa. Un lugar hecho para descansar. O para quedarse atrapada.
Danea permanecía inmóvil.
No podía moverse. No debía.
Años atrás había aprendido la regla: moverse era perder. El problema era que perder nunca significaba una sola cosa. A veces era una mirada. A veces algo peor. Danea no tenía intención de descubrir dónde terminaba el juego.
El cuerpo de su madre descansaba con una comodidad absoluta, como si el mundo entero hubiese sido reducido a ese sofá.
El brazo de Nía pesaba sobre su espalda. Caliente. Firme. Danea contuvo la respiración. Ya sabía lo rápido que podía cambiar ese tono.
Así que se plegaba sobre sí misma, en posición fetal, como si intentara caber en una versión anterior de su propio cuerpo. Las piernas apretadas contra el pecho, el rostro hundido en el calor sofocante de Nía. Desde fuera parecía cariño. Desde dentro, una jaula.
No siempre había sido así de difícil.
Cuando era niña, aquel abrazo todavía tenía espacio para ella.
Pero a los diecinueve, su cuerpo ya no obedecía esa lógica. Su altura convertía aquella postura en una tortura.
—¿Eres mi bebé?
Nía habló en ese tono dulce que siempre la ponía alerta. Su mano descendió sobre su cabello negro, largo, deslizándose con una lentitud estudiada que la hizo tensarse.
Danea respondió sin levantar la cabeza, hundiéndose un poco más contra su cuello, rozando la piel tibia en un gesto imposible de nombrar.
—Sí, mami…
No necesitó verla para saber que sonreía. Sus brazos la rodearon con más firmeza y, con un movimiento natural, la acomodó sobre sus piernas, moviéndola apenas unos centímetros. El cambio le arrancó un suspiro silencioso. No de alivio. De supervivencia.
El dedo de Nía dibujó líneas distraídas sobre su abdomen.
—Mi todo…
El susurro rozó su piel antes que los labios. Un beso en el cuello, luego en la mejilla, seguido de un abrazo que se cerró un poco más, lo suficiente para recordar que no había espacio real para apartarse.
Para Nía, soltar nunca era una opción.
Una alarma rompió el silencio. Danea lo sintió como una puerta que se abría desde dentro.
Nía la soltó de inmediato. No hubo protestas, Nía ya estaba en otra cosa.
—No llegues tarde.
Cruzó las piernas con elegancia automática mientras sus ojos ya estaban clavados en la interfaz translúcida de su celular, proyectada apenas sobre la superficie de su retina. Danea la observó desde arriba un instante, como si ese ángulo le permitiera ver algo más que una madre.
Se inclinó y besó su cabeza.
—Te amo, mamá.
—No llegues tarde. Si algo te pasa, no me lo voy a perdonar.
El cambio llegó como siempre. La mirada de Nía se endureció apenas un segundo. Eso bastó.
Danea se apartó.
Al apartarse sintió alivio. Y algo parecido a la abstinencia: el peso de los brazos, el calor constante, esa presencia que asfixiaba y sostenía a la vez. El vacío ya le resultaba familiar.
La habitación la recibió igual que siempre: oscuridad, hologramas y cuerpos dormidos sobre la cama comunal. Nadea y Daniella estaban desparramadas entre sábanas revueltas, con sus lentes de realidad aumentada todavía puestos.
Estaban desparramadas sobre la cama con ropa ligera y sus lentes de realidad aumentada sobre sus ojos, respirando con calma; y entre ellas se encontraban dos presencias más pequeñas.
Alice, la patita de Nadea, descansaba con la cabeza sobre el vientre de su dueña. De vez en cuando sacudía las plumas; la pequeña pomerania de Daniella dormía con las patas al aire.
Nadie reaccionó a la llegada de Danea; ni siquiera con un saludo, en esa casa aquello era lo normal. Ella se limitó a seguir su camino.
El vestidor se activó al detectarla y desplegó el conjunto programado. Quince minutos después, estaba lista.
Danea avanzó hacia su escritorio. El terrario brillaba suavemente desde una esquina.
Se inclinó ligeramente.
Al principio, parecía vacío.
Luego lo vio.
Una forma semienterrada en el sustrato, apenas una cabeza asomando como una piedra mal colocada. Dos ojos negros, brillantes, sin profundidad aparente, reflejaron su silueta.
Señor Aguacate.
La rana de lluvia emergió de forma torpe. Era una masa negra de piel lisa y húmeda que respiraba con calma.
Danea lo tomó con cuidado.
El contacto era tibio, blando, extrañamente reconfortante.
Lo puso frente al espejo y le probó sombreros en silencio. Era ridículo. Pero era uno de los pocos momentos del día donde nadie esperaba nada de ella.
—Perfecto. Mira qué guapo estás.
Danea asintió para sí misma y lo acomodó sobre su hombro, donde el batracio se asentó con una quietud obediente.
Los post-its holográficos flotaban sobre el tocador, parpadeando suavemente.
Dos mensajes.
“Cigarros de frutos rojos.
-Naddy”.
“Se me acabaron las gominolas.
-Danny”.
Danea los leyó sin detenerse demasiado. No hacía falta. Los guardó en la memoria como quien archiva instrucciones básicas.
Se giró hacia la salida.
No miró atrás.
Nunca lo hacía.
Porque la regla seguía siendo la misma:
No estorbes con tu presencia. Solo vive… y deja vivir.
La puerta se cerró con un clic. Afuera la ciudad de Lustron le esperaba.
Lustron nunca dormía. Neones, casinos y hoteles respiraban como una bestia viva.
Y, por encima de todo, ella.
El rostro de Nía.
Pantallas gigantes la proyectaban con nitidez.
Danea caminaba con naturalidad, Señor Aguacate acomodado sobre su hombro.
Todos sabían quién era.
Y todos actuaban en consecuencia.
Una pareja se apartó lo justo para dejarle paso sin interrumpir su conversación. Un grupo de visitantes redujo la velocidad de su andar, bajando la voz sin darse cuenta. Un empleado de hotel inclinó ligeramente la cabeza.
Nadie parecía pensarlo demasiado. En Onamuh, el apellido Enoshima aparecía por todas partes.
Danea se ajustó ligeramente la sudadera, más por hábito que por incomodidad.
Había días en los que ese peso se sentía como protección. Otros, como una mano cerrándose alrededor de su garganta.
Señor Aguacate respiró hondo y volvió a la inmovilidad habitual. Danea lo rozó con los dedos, un gesto automático, casi íntimo.
Señor Aguacate permaneció quieto, indiferente al movimiento de la ciudad.
Y Danea, en medio de todo, avanzaba.
Libre… dentro de los límites que no había elegido.
Llegaron a un punto de la ciudad donde Lustron parecía equivocarse a propósito.
La opulencia seguía ahí, latiendo a unos metros, pero aquel local no competía con ella. No había pantallas gigantes ni neones que gritaran ofertas; en su lugar, una fachada discreta, casi tímida, absorbía la luz en vez de reflejarla. La madera del letrero, real o cuidadosamente replicada, sostenía un nombre que no necesitaba imponerse:
Velarium.
Era un silencio en medio del ruido.
Danea se detuvo frente a la entrada y sintió el cambio en su cuerpo. Los hombros descendieron apenas, como si alguien hubiera reducido la gravedad solo para ella.
Hasta la rana parecía más tranquila. Su masa blanda se acomodó con mayor docilidad sobre su hombro, como si el ambiente húmedo y tibio del interior filtrándose por la puerta le resultara familiar. O quizá solo era una rana.
Entró avanzando unos pasos, dejando que la memoria se acomodara sola.
El contraste con el exterior no era total, pero sí intencional. Había tecnología, claro, pero todo estaba contenido, domesticado.
La silla seguía ahí.
No era especial para nadie más. Una más entre tantas. Pero para ella conservaba la forma exacta de los días en que se sentaba a observar. Y pensar que ahí, alguna vez, Nía solo había servido café.
La observó un segundo más antes de pensar en la maltea de oreo que tomaban de niñas y por un instante pudo recordar el sabor exacto.
Señor Aguacate giró levemente la cabeza, sus ojos negros reflejando la silla como si reconociera algo familiar. Con él, siempre era imposible saberlo.
Descendió.
Siete escalones. Al fondo, una puerta de madera envejecida esperaba bajo un letrero barnizado:
Subnivel 7 Introvert Club.
Un código QR flotó frente a su campo visual al acercarse, proyectado por un emisor oculto. Lo validó sin detenerse. La puerta cedió con un clic discreto.
Dentro, el ambiente parecía ignorar la vida de la superficie. Ahí abajo la gente podía existir a su manera, sin molestar a nadie.
El DJ permanecía encerrado en su cabina, mezclando lofi cálido, íntimo.
El olor a té, café y jugo recién exprimido arrastraba la mirada hacia la barra.
Fue ahí donde Danea tomó asiento para ordenar un té oolong con jugo de mandarina, el sistema procesó la orden al instante.
Mientras ella dejaba que la música le calentara el pecho, cruzó sus piernas para mirar a su alrededor, un sanbernardo pasó corriendo a la distancia frente al estante de las mantas holográficas arrancándole una sonrisa, ese pequeño caos encajaba perfectamente con la calma del lugar.
Señor Aguacate infló ligeramente su cuerpo, como si probara la densidad del ambiente. Su piel húmeda reflejaba la luz tenue antes de empezar a bajar con sus pequeñas patas por el brazo de Danea.
Cuando tocó la mesa el sistema lo reconoció al instante, haciendo emerger una pequeña mesa donde se quedó apacible. Danea volvió al menú, sentía que necesitaba algo que complementará su té por lo que ordenó un cigarrillo de frutos rojos.
Entonces, un sonido pequeño, húmedo, casi eléctrico, rozó su oído.
Danea giró apenas la cabeza.
Señor Aguacate la observaba desde su lugar, inmóvil como siempre, pero algo en su mirada exigía ser atendido. Sus ojos negros y brillantes permanecían fijos en ella.
Aquí estoy. No me olvides.
Danea volvió a la interfaz.
Esta vez, la sección de mascotas.
Anfibio.
Grillos secos.
Una delgada tubería metálica descendió desde el techo con un zumbido suave, dispensando un pequeño plato que se llenó con los insectos. Señor Aguacate comenzó a comer con su lentitud habitual.
Danea desvió la mirada.
Mientras él comía, ella desplegó su material de estudio. Los apuntes aparecieron en su campo visual, organizados en capas que podía reorganizar con un parpadeo. Diagramas celulares, rutas metabólicas, patrones de mutación.
Cáncer.
El estudio de cómo un cuerpo decide destruirse desde dentro.
Era el campo al que quería dedicarse. Suspender nunca había sido una posibilidad. No era solo una carrera. Era una forma de entender lo que podía romper un cuerpo. Y quizá cómo evitarlo.
Danea ajustó la posición de la información, enfocándose en un esquema de proliferación celular descontrolada. Subrayó mentalmente ideas clave y repitió términos en silencio para memorizarlos.
—Su té, mi señorita.
La voz llegó con el volumen justo para no romper el ambiente.
—Gracias.
Apenas levantó la vista.
El vaso de cartón alto llevaba el logo de Velarium impreso con discreción. A su lado, un pequeño plato sostenía el cigarrillo enrollado a mano, acompañado por un par de galletas de vainilla incluidas como gesto habitual del lugar.
Todo en orden. Todo exacto.
Danea tomó el vaso y dio un sorbo.
El calor fue inmediato, equilibrado con la acidez ligera de la mandarina. No era una bebida diseñada para impresionar, sino para sostener.
Volvió a su estudio.
Las células seguían dividiéndose en su campo visual, siguiendo patrones que debía comprender. Afuera, Lustron continuaba su espectáculo interminable.
Aquí abajo, en cambio, el tiempo se contraía.
Señor Aguacate terminó de comer y permaneció en su pequeña silla, inmóvil, observando en silencio.
Danea no apartó la vista de su lección.
No podía fallar en aquello que, tarde o temprano, definiría lo que haría con los cuerpos de otros.
Y con el suyo propio.
Cuando volvió a levantar la vista, ya había pasado un buen rato.
El té seguía desprendiendo vapor mientras el calor se extendía por su cuerpo. Con el paso del tiempo, la sudadera empezó a sentirse pesada, innecesaria, como si estuviera reteniendo un calor que ya no hacía falta.
Soltó un suspiro cerrando el material de estudio. Las proyecciones desaparecieron y el ambiente del club volvió a imponerse.
Se quitó la sudadera y la dejó sobre la barra, dejando que el calor por fin saliera de su cuerpo.
Tomó otro sorbo de té.
Mientras lo hacía, su mirada se desplazó hacia el plato donde habían quedado las galletas de vainilla.
Y allí estaba.
Señor Aguacate se había movido.
La rana avanzaba lentamente hacia el plato. Sus patas cortas hacían lo que podían.
Justo cuando alcanzó el borde del plato, levantó la vista.
Danea lo estaba mirando.
El batracio se congeló de inmediato.
Se quedó completamente inmóvil, como si la quietud absoluta pudiera volverlo invisible.
Danea apartó la mirada con un gesto teatral, observando la pared del fondo como si hubiera descubierto algo mucho más interesante.
Un segundo después, la rana volvió a moverse.
Ella volvió a mirarlo.
Se detuvo otra vez.
Finalmente Danea dejó escapar una pequeña risa. Rompió un trozo de galleta con la uña y lo acercó a él.
—Ten, sé feliz.
Señor Aguacate aceptó el pedazo con la misma falta de ceremonia con la que hacía todo. Lo atrapó con la boca y regresó hacia su pequeña silla con una rapidez sorprendente para un animal que parecía hecho de gelatina.
Si aquello no era felicidad, al menos se parecía bastante.
Danea encendió su cigarrillo.
La primera calada llenó su boca con el sabor dulce de frutos del bosque. El humo pasó sin raspar la garganta. Exhaló lentamente, dejando que el aroma se mezclara con el olor permanente a té y café del club.
Mientras fumaba, volvió a abrir la interfaz de pedidos y añadió más cigarrillos para llevarlos a casa, como su hermana le había pedido. Luego descendió hasta los snacks recreativos solo para encontrarse con la sorpresa de que las gomitas de THC estaban agotadas.
Chasqueó la lengua.
Sacó el teléfono y marcó el número sin siquiera llevarlo al oído. El sonido de la llamada vibró directamente dentro de su oído.
Un tono.
Otro.
La voz de Daniella apareció al otro lado.
—¿Qué quieres, Alejandra?
—Te dije que no me llames así. Ya no hay gomitas. ¿Qué tal si llevo algo para la cena?
Daniella tardó un segundo en responder.
—Suena bien, después de todo mamá tiene guardia en el hospital esta noche.
Danea giró la cabeza mientras escuchaba.
Señor Aguacate estaba intentando trepar por el vaso de té.
Sus patas resbalaban contra el cartón.
Rana tonta.
Pensó con cariño.
—Trae esos sándwiches que nos gustan —dijo Daniella—. Veremos una película cuando vuelvas.
Danea exhaló humo y miró a su alrededor.
—Tenemos tiempo libre, Aguacate… ¿Aguacate?
Cuando giró la cabeza hacia la barra, la silla del anfibio estaba vacía.
Parpadeó.
Miró a la izquierda.
A la derecha.
¿Dónde se había metido? No tenía sentido.
Entonces lo vio.
Señor Aguacate avanzaba por el extremo de la barra con una velocidad sorprendente, sus patas impulsando aquella masa redonda en lo que parecía el sprint más ambicioso de su vida.
Danea se levantó, lo alcanzó en dos pasos y lo recogió con cuidado, procurando no acercar demasiado el cigarro.
El anfibio soltó un pequeño chillido.
—Dios... ¿qué voy a hacer contigo?
Lo levantó a la altura de su rostro.
La rana la miró con la misma indiferencia cósmica de siempre.
—Sin mí ya estarías muerto. Y ni siquiera te importa.
Lo acomodó otra vez sobre su hombro.
Señor Aguacate se dejó caer allí como una masa blanda, expandiéndose ligeramente hasta encontrar una posición cómoda.
—En fin… —dijo Danea mientras apagaba el cigarrillo—. Mamá no está. No tenemos que volver todavía.
Aguacate se acomodó sobre su hombro.
Por primera vez en mucho tiempo, la noche parecía suya. Ordenó los sándwiches desde la interfaz, junto con los cigarrillos de Danny, para recogerlos al salir.
Recogió su sudadera. Señor Aguacate seguía acomodado en su hombro. Desde allí lo observaba todo.
Danea cruzó hacia la zona de mantas holográficas, donde la luz se volvía más tenue. Junto a una barra secundaria, un encargado atendía bajo una luz tenue que separaba aquella zona del resto del club.
—Buenas noches. Una manta, por favor.
El encargado levantó la vista y le sonrió con familiaridad.
—Claro que sí, mi señorita.
La terminal registró la renta en segundos.
—Tiempo estándar de una hora —explicó mientras confirmaba la transacción—. Puede renovar hasta tres veces si lo desea.
El contrato apareció frente a ella. Danea lo aceptó con un gesto rápido.
—¿Qué escenarios hay disponibles?
—La casa subterránea. Tierra, raíces y corrientes minerales. Muy tranquila.
Danea imaginó el peso de la tierra sobre ella. Oscuridad. Silencio. Nada mirando desde arriba.
—Esa.
El encargado asintió satisfecho y activó la programación de la manta.
Un pulso suave recorrió la tela.
Quería estar sola. Del todo. Por eso buscó una habitación privada. Quería estar sola y por fortuna Subnivel 7 tenía habitaciones privadas con un costo de 20 reils por hora.
El pago se aprobó y la ruta apareció frente a ella.
El cuarto era pequeño, limpio y silencioso. Apenas una cama, una mesa baja y una ducha al fondo. Justo lo suficiente para desaparecer un rato.
Señor Aguacate bajó de su hombro y se dejó caer en la cama.
Danea dejó la manta sobre los soportes y cerró la puerta detrás de sí.
Por primera vez en todo el día, el mundo parecía dispuesto a quedarse afuera.
Se desvistió hasta quedar en ropa interior deportiva. Ajustó el equipo y comprobó que todo estuviera listo. Tomó a Señor Aguacate entre las manos. Se recostó. Lo dejó descansar sobre su pecho.
El pequeño cuerpo del anfibio subía y bajaba suavemente con su respiración.
Apagó las luces de la habitación. Por un instante solo quedó el zumbido del sistema.
Primero llegó el zumbido. Luego el tejido cerró sobre ella. Luego la presión en los oídos. Después la oscuridad empezó a plegarse sobre sí misma hasta revelar la casa subterránea. Hormigón pulido, vetas minerales brillando bajo la superficie y largos paneles de vidrio mostrando raíces y corrientes bajo tierra.
Danea respiró hondo dejando que el ambiente la envolviera. La sensación de estar protegida por toneladas de tierra resultaba extrañamente reconfortante. Allí abajo no había pantallas gigantes, ni el rostro de su madre vigilando la ciudad, ni la presión constante de un apellido demasiado pesado.
Solo roca.
Solo silencio.
Señor Aguacate se expandió sobre su pecho. Danea sonrió apenas.
—Supongo que a ti también te gusta —murmuró.
Señor Aguacate no respondió. Nunca lo hacía.
Los audífonos se enlazaron con su teléfono y la música comenzó con ese zumbido imperfecto en baja definición. Las pistas tenían un grano extraño, como si vinieran de otra década o de otro plano. Ese ruido imperfecto siempre la calmaba. Era su forma de bajar el volumen del mundo.
La yema de sus dedos trazó su muslo con distracción. El vapor se filtraba entre las rocas y la casa mantenía viva su ilusión.
Volvió entonces la mirada hacia su pecho.
Señor Aguacate había cerrado los ojos.
Por un segundo pensó lo peor. El batracio ya era viejo, y su cuerpo amorfo permanecía inmóvil sobre ella como una piedra húmeda. Pero al fijarse mejor, notó cómo su papada seguía inflándose y desinflándose con lentitud. Respiraba.
Solo entonces aflojó el pecho.
La siguiente canción comenzó con una vibración grave, lejana. El sonido la arrastró hacia atrás. Hasta una noche donde todavía tenía nueve años.
Aquella noche habían alquilado una habitación parecida. Nía todavía no estaba cubierta de tinta.
Recordaba cómo se veía y cómo se sentía estar a su lado.
Llevaba un pijama de pequeñas ranas verdes. Sus rodillas estaban dobladas contra el pecho y su mirada era opaca, como si el mundo hubiera decidido dejarla afuera.
Nía lo entendió sin que hiciera falta explicarlo.
La envolvió con sus brazos.
—¿Por qué no tengo amigos, mami? —preguntó la niña con una voz tan sencilla que todavía dolía recordarla.
Nía tardó un segundo en responder. Un segundo entero peleando por no quebrarse.
—Yo soy tu amiga.
Luego la apretó un poco más contra su pecho.
—Mi mejor amiga.
Bajo la manta, Danea levantó el brazo hasta cubrirse los ojos.
Nía sacó una pequeña caja de cartón, perforada en la tapa.
—¿Para mí?
Levantó la tapa con cuidado, expectante.
Cuando vio al animal, sus ojos grises brillaron.
Incluso entonces, el batracio tenía esa forma blanda y extraña. La piel oscura y húmeda parecía demasiado grande para él.
Señor Aguacate los observó con su eterna quietud.
No era un animal fácil de querer. Uno de esos que la gente evita incluso mirar. La habían visto días antes en una tienda de mascotas, solo en un pequeño terrario.
—Hola —dijo la niña con timidez—. Me llamo Danea. ¿Quieres ser mi amigo?
Dudó antes de tocarlo.
La rana también dudó antes de moverse.
Pero al final permitió que aquellas manos pequeñas lo levantaran.
Danea se había identificado con ella de inmediato.
Estaba solo.
Igual que ella.
Nía besó la frente de su hija mientras la niña sostenía al animal.
—La gente de esta ciudad no entiende a las ranas —dijo suavemente—. Tampoco a nosotras.
Cuando la canción terminó, el presente volvió a encontrarla.
Bajo la manta holográfica, el pecho de Danea empezó a estremecerse. Los sollozos escaparon sin permiso.
Odiaba a la mujer en la que su madre se había convertido.
Pero odiaba todavía más saber por qué lo había hecho.
Todo ese poder. Todo ese control. El monstruo en el que su madre se había convertido.
Todo para mantenerlas a salvo.
Señor Aguacate despertó con el sonido de su llanto.
Con su torpeza habitual empezó a arrastrarse sobre su pecho y luego acomodándose bajo su barbilla como buscando refugio.
O como si estuviera intentando dárselo.
La rana emitió un chillido corto.
Ese pequeño idioma torpe que solo ella comprendía.
No llores.
Estoy aquí.
Y durante un rato no hubo nada más. Solo la vieja rana, velando a la única persona que la había amado.
La casa subterránea desapareció antes de que terminara de despertar, dejando en su boca un sabor a carne y especias que no recordaba haber comido.
Bajó la mano y encontró primero a Nadea, dormida contra su cadera.
El resto del cuarto respiraba en silencio… excepto Daniella, iluminada por la pantalla, aún despierta.
Le sonrió cuando la vio.
Entonces Danea miró al frente.
Señor Aguacate seguía ahí. Como si nunca hubiera dejado de vigilarla.
—Estoy bien… —dijo, apenas, como si la frase no fuera para su familia sino para el peso inmóvil sobre su pecho.
Solo entonces el batracio cerró los ojos.
Danea tardó un momento en comprenderlo.
No era la manta. No era la simulación.
Era el peso real de los cuerpos a su alrededor.
Estaba en casa.
Nadea no abrió los ojos. Apretó la sábana y le besó la mejilla.
—No pienso perderlas… aunque no siempre pueda estar aquí.
Antes de que la puerta se abriera, ya la habían reconocido por los pasos.
Nía entró con la discreción de siempre. El colchón cedió bajo su peso como si la habitación la aceptara sin discusión. Ninguna habló.
La voz de Nía llegó tranquila, más baja de lo habitual.
—Esto no debería haber pasado… —dijo Nía en voz baja— y aun así, ocurrió.
Hubo un breve silencio.
Una por una, las besó.
—Las quiero.
Se levantó sin hacer ruido, los pasos salieron de la habitación tan silenciosos como habían entrado.
Las tres se quedaron ahí mientras el cansancio volvía a hundirlas.
Tal vez el apellido Enoshima no era solo una condena.
A veces era lo único que no se rompía.
