Alberto caminaba por lo que no hacía mucho se llamaba el centro histórico de Águila Ti Witso, antes México.
La antigua Alameda Central.
Donde alguna vez se erguía el palacio de gobierno como una promesa republicana. Hoy, todo ese perímetro era conocido como la Plaza Negra. También como la Plaza de las Cruces.
Avanzaba con el cubrebocas automático ajustado al rostro, filtrando el aire en pulsos mecánicos. La mirada baja. No por respeto, sino por supervivencia. Cualquier cosa podía caer. Ceniza biológica. Óxido. Restos.
Su paso era rápido, tenso. Demasiado apurado para ser una caminata. Demasiado prudente para llamarse huida.
No lo logró. Doce del mediodía.
Las campanas de la catedral repicaron con una sincronía perfecta. Artificial. El sonido no provenía del bronce, sino de los altavoces incrustados en fachadas, postes, drones suspendidos como insectos devotos.
Entonces la voz llenó la plaza.
—Feliz tarde, mis chicos. ¿Cómo os trata nuestra señora?
El mismo discurso. La misma caricia envenenada. Adoctrinamiento envuelto en dulzura.
—Recuerden portarse bien. O les tocará motosierra.
La transmisión se cortó con un chasquido limpio. Sin despedidas. Sin silencios incómodos.
Y entonces comenzó la purificación.
Hombres enfundados en trajes de tratamiento de residuos tóxicos avanzaron al unísono. Encendieron las motosierras como si activaran un ritual. El rugido metálico devoró los gritos.
Cientos. Quizá miles.
Cadáveres crucificados por toda el área, alineados como una catequesis visual. El resultado de años de limpieza moral. De una ciudad enseñada a amar a través del miedo.
A lo lejos, aún se escuchaba el alarido de algún pobre diablo que no había muerto a tiempo. Ahora aprendía, segundo a segundo, que siempre podía existir algo peor.
Alberto levantó la mirada.
La bandera ondeaba en el centro de la plaza.
El estómago se le contrajo.
Aquella que alguna vez fue considerada una de las más bellas del mundo era ahora una blasfemia deliberada. El verde había sido violentamente reemplazado por un morado opaco, enfermo, como un moretón que jamás sanó.
El águila, símbolo de raíces antiguas y orgullo prehispánico, estaba casi por completo sepultada bajo una rosa negra. Detrás de ella, una corona de espinas formaba una falsa aurora religiosa.
Un icono. Un logo.
Una diosa que no pedía fe, sino obediencia.
Alberto suspiró. Y siguió caminando.
Así llegó a un sector que, en los días de libertad, los locales llamaban La Merced.
El nombre sobrevivía apenas como un eco terco.
Entre pasillos deformados por anuncios holográficos y toldos parchados, aún resistían algunos puestos ambulantes. Subsistían no por necesidad, sino porque a la señora le parecían… tiernos. Un capricho arqueológico dentro de su vitrina urbana.
En uno de ellos pidió un té frío. Pidió que le añadieran un poco de licor.
Piquete, como decían los pocos autóctonos que aún seguían con vida y memoria.
—Serían ocho reils, güero.
Pagó con una mezcla incómoda de emociones.
Tristeza. Casi náusea, al ver la moneda. La suya ya no existía. Había sido reemplazada por un símbolo invasor. Pulido. Eficiente. Ajeno.
Sin otra cosa que resignación, se sentó en el suelo. El concreto estaba tibio por la radiación de los anuncios.
Frente a él, el paisaje neón danzaba como una alucinación perpetua. Rascacielos injertados con pantallas. Ideogramas brillantes. Rostros sonrientes que prometían felicidad a cambio de obediencia.
En medio de ese carnaval tecnológico importado, algo llamó su atención.
Un jardín de infantes.
El golpe fue silencioso. Pero devastador.
A través de una de las ventanas vio lo suficiente como para sentir que algo se le quebraba por dentro. Pantallas enormes ocupaban las paredes. Dibujos animados saturados de color. Movimientos exagerados. Canciones pegajosas.
No estaban ahí para educar. Estaban ahí para programar.
Tres figuras dominaban la escena.
Alice, una pata de ojos amables. Señor Aguacate, una rana negra de sonrisa eterna. Pinkston, un perro elegante, siempre erguido.
Personajes coloridos, animados con un estilo oriental pulcro y encantador. Bailaban y cantaban frente a los niños. Les enseñaban la grandeza de la señora.
Cómo podía hacerlo todo. Cómo podía volar gracias a la tecnología. Cómo escribía cosas increíbles con sus lápices especiales. Cómo su palabra era ley y milagro al mismo tiempo.
Una pedagogía dulce. Un culto envuelto en canciones.
Una forma bonita, casi amorosa, de dejar claro que ella podía hacerlo todo.
Incluso usarlo todo. Incluso a todos.
—¿Qué haciendo, carnal?
Alberto levantó la mirada.
Juan estaba ahí. Con esa sonrisa cansada que siempre parecía llegar antes que él. Su amigo inseparable. La razón real por la que había cruzado media ciudad ese día.
—Esperando a ver a qué hora aparecías.
Se saludaron con un abrazo breve. Casi automático. Demasiado público alrededor para algo más largo.
—Aún no salgo del jale. ¿Me acompañas? Es rápido, te lo juro.
No le hizo ninguna gracia. La catedral era el último sitio donde quería estar después de todo lo que había visto. Pero ya estaba ahí. Y Juan era Juan.
Así que asintió. Y lo acompañó.
La catedral seguía en pie. Intacta en su esqueleto. Muros coloniales. Arcos altos. Vitrales envejecidos por el tiempo y la contaminación.
A la señora le había sido imposible arrancar esa estética. No porque no pudiera. Sino porque no quería.
En su régimen, la libertad de religión no estaba prohibida. La coherencia narrativa lo era todo.
Eso sí, modificarla estaba permitido.
Mientras Juan trabajaba como guía turístico, Alberto se quedó sentado, observando.
Todas las figuras religiosas que no formaban parte del decorado histórico habían sido desplazadas a una esquina. Un rincón discreto, casi vergonzoso. Ahí, los creyentes podían practicar lo que el régimen llamaba fe opioide.
Un calmante social. Una reliquia funcional.
Pero antes de cualquier dios antiguo, estaban ellas.
En el altar principal, justo donde antes se oficiaba la misa, colgaba un cuadro monumental. Ocho mujeres, alineadas con una precisión casi coreográfica.
Vestían su traje oficial de mandato. Una reinterpretación blasfema de hábitos religiosos. Monjas de rojo y negro. Telas pesadas. Símbolos afilados. Tecnología integrada como ornamento sagrado.
Ella estaba al centro.
Sonreía.
No una sonrisa amable. Una sonrisa consciente.
La de alguien que sabe que tiene el control de todo. Del cuerpo. De la ciudad. De la fe.
Las otras siete la rodeaban con expresiones igualmente satisfechas. No miraban al espectador. Lo juzgaban.
No pedían devoción. La asumían.
Alberto sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No porque hubiera algo divino ahí. Sino porque no lo había.
Solo poder puro. Estético. Teatral.
Una diosa fabricada que no negaba su artificio.
Y aun así, funcionaba.
El chico se quitó el cubrebocas.
El mecanismo se retrajo con un siseo suave. Dejó al descubierto su barba. Oscura. Bien cuidada.
Un gesto mínimo de rebeldía.
Una parte de sí que protegía con celo. Como si, mientras existiera, aún pudiera llamarse humano.
—Mirad, chicos. Ahí está. ¿Qué es lo que os mola de Nia?
La voz lo sacó de golpe de sus pensamientos.
Una familia de extranjeros se había detenido a su lado. Venidos del país que les había traído la desgracia. Onamuh. Masiosares, como los llamaban los pocos mexicanos que aún quedaban.
Se colocaron ahí. Como si Alberto no existiera.
Un matrimonio. Dos niños.
Alberto los observó con una tristeza espesa. Casi física.
¿Cómo se adoctrina así a los hijos? ¿En qué momento decides arrancarles el criterio y ofrecerlo como tributo?
—Tiene lindo cabello.
—Lindos ojos.
—Sabe bailar.
—Puede cantar.
Las respuestas salían rápidas. Ensayadas. Felices.
—Sí, ella en serio es tan genial.
—Es carismática.
—Sabe bromear.
—Tiene buen gusto.
Alberto sintió asco.
No rabia. No miedo. Asco.
Porque no hablaban de una líder. Hablaban de una idol pop.
De una muñeca perfecta. De algo diseñado para gustar.
Esa era Nia Enoshima.
Primera ministra de Onamuh. Un país euroasiático que años atrás había conquistado México de forma pacífica. Si es que al despojo sistemático se le podía llamar pacifismo.
Todo bajo el mandato del último emperador. Gabriel Montoya.
Sí. Montoya fue un monstruo. El primero.
Pero incluso él, puesto en una balanza, parecía casi justo.
Limpió el país de forma radical. Delincuencia. Narco. Todo. Con ayuda de Zoe Ikusaba, quien ahora gobernaba como una especie de presidenta.
Aunque, en realidad, no era más que otra pieza del tablero.
Todo se fue al carajo cuando Montoya murió.
Nia tomó el control.
Instauró una Octarquía Parlamentaria. Ocho figuras visibles. Un solo rostro real.
Desde entonces, Águila Ti Witso fue rebautizada como la Zona Negra. Una mancha incómoda en el régimen de la ministra.
Y desde entonces, todo había ido cuesta abajo.
Cada intento de insurgencia fue sofocado. Primero con adoctrinamiento dogmático. Después con fuerza bruta.
A veces al mismo tiempo.
Hoy, apenas el dos por ciento de la población del país era lo que antes se llamaba mexicana.
El resto eran ciudadanos de Onamuh. Enviados para repoblar. Para diluir. Para borrar.
Nia lo dijo sin pestañear en una rueda de prensa. Cuando alguien tuvo el valor de cuestionarla.
—¿Crees que me importa?
Sonrió. Siempre sonreía.
—Mira cuánta gente tiene mi hermosa Onamuh. Puedo repoblar ese país las veces que sea necesario. Una persona a la vez. Mujer por mujer. Hombre por hombre. Niño por niño.
Alberto cerró los ojos.
Las reglas del juego eran simples.
Si no obedecías a Nia, estabas perdido.
Y lo peor no era que te matara.
Era que te enseñara a amarla primero.
El celular del chico vibró una sola vez.
Alberto no lo sacó del bolsillo. No hacía falta. El implante auditivo captó la llamada y la voz de Juan le llegó limpia. Directa. Como un pensamiento ajeno incrustado en su cabeza.
—Ve a la entrada de la catedral.
Eso fue todo.
Se levantó de inmediato. Salió de ahí como alma que lleva el diablo, con la imagen de la mujer maldita todavía adherida a la retina.
Esa sonrisa. Siempre la misma.
No necesitaba hablar. No necesitaba ordenar. Bastaba existir para recordarle que su vida ya no le pertenecía.
Cuando cruzó las puertas principales, Juan ya lo estaba esperando.
En una mano llevaba una cajetilla de cigarros. En la otra, una bolsa evidente. Pesada. Repleta de cosas.
Carnes selladas al vacío. Vegetales brillantes. Casi irreales. Empaques limpios. Recientes.
—Hijo de tu… qué horror —le reclamó Alberto, quitándole los cigarros de la mano—. ¿Fuiste por mandado?
—Perdón, wey. Era más fácil que me esperaras aquí.
No insistió. No valía la pena.
Alberto abrió la cajetilla. Sacó un cigarro. Lo sostuvo entre los dedos sin encenderlo. Miró el empaque. El sello fiscal. El código de trazabilidad.
—¿Cuánto te costaron?
—Diez varos.
El gesto fue inmediato. Genuino. Casi infantil. Las cejas alzadas. Una risa corta que no llegó a ser risa.
—¿Y… si no es indiscreción? —preguntó, señalando la bolsa—. ¿Tu mandado cuánto?
—Dos mil quinientos. Con eso tengo como para tres meses.
Otro gesto. Esta vez más lento. Más pesado.
Alberto apartó la mirada.
No quería admitirlo. No quería darle crédito al régimen. Pero en el fondo lo sabía. Esa estabilidad obscena. Esa abundancia quirúrgicamente distribuida. Era obra de ellos.
De ella.
La nueva moneda, el reil, era absurdamente fuerte. Tan fuerte que Onamuh se había convertido en la primera economía del mundo.
Tan fuerte que Juan podía permitirse comprar comida para varios meses.
Algo que, antes de la conquista, jamás habría sido posible.
—Mira, wey, si le ponemos huevos, podemos irnos a la chingada de aquí.
Juan encendió el cigarro y dio una calada profunda. Lenta. El humo salió en una exhalación tranquila. Casi satisfecha.
Luego rió. Una risa breve. Burlona. Como si ya conociera la respuesta antes de que Alberto pudiera formularla.
—¿A dónde quieres ir? —continuó—. Mira, nos guste o no, aquí nos va a toda madre, Alberto. Y si nos vamos del país, lo más certero para nuestras carteras es Onamuh.
Hizo una pausa mínima.
—Lo cual, compa… no nos quita a esta loca.
Señaló con discreción hacia el interior de la catedral. No hacía falta explicar nada. La alusión era clara. El cuadro. La sonrisa. El centro del altar.
Alberto alzó la vista.
La bandera ondeaba sobre la plaza. Tan alta que parecía rozar el cielo. Por un instante tuvo la sensación de que Nia también gobernaba ahí arriba.
El aire. La luz. El espacio mismo.
Juan tenía razón. No quería admitirlo, pero la tenía.
No tenían los mejores trabajos. Ni los más prestigiosos. Ni siquiera los más respetados socialmente. Pero económicamente no podían quejarse.
Con empleos considerados humildes podían permitirse una vida de clase media-alta. En un país seguro. Con salud pública y privada de primer nivel.
Algo que sería impensable en casi cualquier otro lugar que no fuera el antes nombrado.
—Además —añadió Juan, soltando el humo—, creo que si mi vista y las noticias no me fallan… cada vez hay menos limpiezas. Menos purgas.
Tal vez, solo tal vez, dejemos de ser Zona Negra dentro de poco.
Alberto no respondió.
La esperanza de Juan sonaba demasiado limpia. Demasiado bien alineada con el discurso oficial.
Tenía razón, sí. Las purgas y las crucifixiones eran cada vez menos frecuentes que años atrás. Las insurgencias aparecían menos en los noticieros. Todo parecía estabilizarse.
Pero no todo era bonito.
Ese pequeño porcentaje de población nativa seguía disminuyendo. Desapareciendo sin ruido. Sin titulares.
Si nadie decía nada, se llamaba estabilidad. Claro que sí.
Pero también era miedo.
Y reemplazo.
Un país entero siendo ocupado por extranjeros perfectamente adoctrinados, mientras los originales se diluían como un error estadístico.
El régimen no necesitaba una voz.
Ya había aprendido a respirar solo.
Mientras ambos hablaban, cuatro helicópteros aparecieron en el cielo. Perfectamente alineados. Volaban bajo. Lentos. Quirúrgicos.
Desde sus vientres desplegaron una red de proyección holográfica que cubrió la plaza como una cúpula translúcida.
La alarma sonó.
No fue estridente. Fue ceremonial.
La gente se reunió de inmediato. Algunos en silencio. Otros rezándole a la Virgen, aferrados a una fe tolerada solo porque ya no estorbaba.
En el balcón del palacio de gobierno apareció Zoe Ikusaba. Vestía sus ropas oficiales. Se arrodilló con las manos juntas. Los dedos entrelazados. La mirada limpia. Fija en la pantalla.
Una monja pagana perfecta.
Segundos después, la proyección en directo la mostró a ella.
Nia Enoshima.
Vestía igual que su compañera. Rojo y negro. Telas rígidas. Símbolos cuidadosamente colocados.
La diferencia estaba en sus manos.
Entre los dedos entrelazados sostenía una suerte de relicario. En su centro, la misma rosa negra que cubría al águila en la bandera. El escudo de su gobierno. Su firma.
Con su aparición, la gente estalló en júbilo.
Lejanos quedaban los días en que la insultaban. O en que simplemente guardaban silencio.
—Qué bonitos se ven así —dijo, con voz ligera—. Bien portados. ¿Era tan difícil?
Se colocó el relicario al cuello con un gesto delicado. Casi coqueto.
—Sí, deberían estar felices de verme. Son casi las ocho de la noche aquí en Onamuh, así que seré rápida. Tengo sueño.
Frente a ella se desplegó una consola flotante. Dos botones. Uno rojo. Uno verde.
—Zoe dice que necesitan más dinero para… ¿cómo era? Ah, sí. Seguir vivos.
Sacó una pequeña botella de perfume y se aplicó un poco en el cuello. Sin prisa.
Natural.
—En fin, las Pilares dijeron que sí, pero falta un voto.
No dijo más.
Se inclinó y tomó a alguien entre sus brazos como si levantara una reliquia.
Su cuerpo era rechoncho. El plumaje, blanco impecable. El pico brillaba bajo las luces de la proyección. Sus ojos negros parecían vacíos, pero dentro había algo inconfundible.
Arrogancia.
Vestía un traje idéntico al de su ama.
Alice. La pata.
Ministra de Economía del país.
Sí. Eso decía todo lo necesario sobre Nia.
—Vota, patita. Vota.
Alice miró los botones. Los examinó con atención exagerada. Deliberó.
Luego presionó el botón verde con su pata palmeada y graznó con solemnidad.
Petición aprobada.
La plaza estalló.
—¡OLE, OLE, OLE NIA, NIA!
Cantos. Palmas. Devoción pura.
La transmisión se cortó.
Así de fácil era condenar o salvar a alguien con ella al mando.
Sin discursos. Sin justificaciones.
El régimen funcionaba.
Un solo disparo al aire bastó para calmar a la multitud.
Zoe Ikusaba se incorporó y tomó la palabra. Su voz se propagó por toda la plaza, multiplicada por los drones que la rodeaban como querubines mecánicos.
—Pueblo de Águila Ti Witso. Nuestra señora ha sido piadosa al aprobar nuestra petición. Por favor, hoy festejen en su gloria. El resto de la tarde es vuestra.
Nada más.
Se retiró entre vítores. Inclinaciones. Aplausos sinceros.
Alberto fue de los pocos que la miró con tristeza.
No con odio. No con rabia.
Con decepción.
Pero no dirigida hacia ella. Sino hacia lo fácil que resultaba embrujar a un pueblo entero con estabilidad administrada. Con pan suficiente. Con miedo dosificado.
El resto de la tarde la plaza se transformó en una fiesta callejera. Miles jugaban. Cantaban. Comían. Bebían.
Celebraban una victoria que no era suya. Un permiso temporal para seguir existiendo.
Alberto observaba la escena con una botella en la mano. Estaba completamente ebrio.
Juan seguía a su lado. Riendo. Brindando. Integrado.
Suspiró. Se levantó tambaleante.
—Meh… chingue su madre.
No lo gritó. No fue consigna.
Fue cansancio.
Arrojó la botella con todas sus fuerzas. El vidrio no se rompió contra el muro del palacio de gobierno.
Pero bastó.
En menos de un segundo, un haz lo fijó en su lugar.
Alberto sonrió.
Se dio la vuelta.
El disparo fue inmediato. Limpio. Una bala atravesó su cabeza antes de que pudiera pensar en otra cosa.
Cayó al suelo junto a Juan.
Su barba, siempre impecable, se tiñó de rojo.
—Te mamaste, wey —dijo Juan, sin dejar de sonreír.
No dijo nada más.
Rió. Bebió. Siguió festejando.
Ese día, una estadística creció imperceptiblemente.
El régimen permaneció intacto.
La música no se detuvo. Nadie gritó. Nadie corrió.
En ese mundo no había salvación.
Porque ahí, lo que ves, lo que escuchas, lo que cantas, lo que comes, lo que bebes…
Todo eso y más, ella lo controla.
Y ella lo es todo.
